Durante mucho tiempo, una parte de la criminología intentó encontrar qué hacía diferente al delincuente. Se buscó en su rostro, en su cuerpo, en su personalidad y hasta en su origen.
Cesare Lombroso llegó a sostener en el siglo XIX que determinados rasgos físicos podían revelar al “criminal nato”. Hoy aquellas teorías están superadas, pero quizá no lo está del todo una idea que se encuentra detrás de ellas: la necesidad de construir a un “otro peligroso”, distinto de nosotros.
Ahí aparece el llamado paradigma de la alteridad. La palabra alteridad proviene del latín alter: el otro.
Aplicada a la criminología, nos lleva a preguntarnos no sólo por qué delinque una persona, sino también cómo una sociedad llega a clasificar a determinados individuos o grupos como “los peligrosos”, “los desviados”, “los que no son como nosotros”.
Y eso tiene enormes implicaciones para la prevención.
El peligro de convertir una etiqueta en identidad
Una cosa es identificar una conducta peligrosa. Otra muy distinta es convertir a una persona completa en una categoría de peligrosidad.
Pobre. Pandillero. Adicto. Expresidiario. Joven de determinada colonia. Persona tatuada.
Cuando una etiqueta sustituye al análisis de la conducta, corremos el riesgo de dejar de preguntar qué sucedió y comenzar a creer que ya sabemos quién es esa persona.
La prevención responsable debe distinguir entre factores de riesgo e identidades de riesgo. La pobreza, por ejemplo, no convierte automáticamente a nadie en delincuente. La mayoría de las personas que viven en condiciones económicas adversas nunca cometen un delito.
Pero tampoco podemos ignorar que determinados entornos pueden incrementar los riesgos: violencia familiar, abandono escolar, exclusión, ausencia de oportunidades, presencia de organizaciones criminales, impunidad, consumo problemático de sustancias o deterioro del tejido comunitario.
Por eso quizá debamos modificar una vieja pregunta de la criminología. En lugar de preguntarnos únicamente: ¿Qué tiene esta persona que la llevó a delinquir? debemos añadir: ¿Qué estaba ocurriendo alrededor de esa persona?
Comprender no significa justificar
Éste es un punto fundamental.
Estudiar las condiciones que pueden favorecer una trayectoria violenta no significa eliminar la responsabilidad de quien comete un delito.
Comprender no es justificar.
Pero si queremos prevenir seriamente, necesitamos identificar no sólo el momento en que alguien comete una conducta delictiva, sino los procesos que pueden haber comenzado mucho antes.
Familia. Escuela. Comunidad. Oportunidades. Entorno económico. Instituciones. Presencia criminal. Impunidad. Todas esas variables pueden formar parte de una trayectoria.
Si nuestra intervención comienza únicamente cuando una persona ya cometió un delito grave, llegamos tarde.
¿Qué nos dice entonces el modelo salvadoreño?
El caso de El Salvador plantea una discusión particularmente interesante.
Durante el gobierno de Nayib Bukele, los homicidios y la violencia asociada a las pandillas disminuyeron de manera muy importante según las cifras oficiales. Paralelamente, desde marzo de 2022 se mantiene un régimen de excepción que ha permitido detenciones masivas.
Organizaciones internacionales de derechos humanos han documentado detenciones arbitrarias, violaciones al debido proceso, tortura, desapariciones y casos de personas privadas de la libertad sin vínculos criminales demostrados. Amnistía Internacional publicó en julio de 2026 una investigación específica sobre estos patrones y sobre su impacto en comunidades históricamente empobrecidas.
El caso permite plantear una pregunta criminológica sin necesidad de convertirla en una discusión política: ¿hasta dónde puede llegar una sociedad en la construcción del “otro peligroso” para recuperar la seguridad?
Y otra igualmente importante: ¿una estrategia puede reducir determinados delitos y, al mismo tiempo, producir riesgos para personas que no han cometido esos delitos?
Amnistía Internacional también ha señalado que bajo el régimen de excepción se han reportado detenciones sustentadas en denuncias no corroboradas, evidencia insuficiente o perfiles discriminatorios.
Precisamente ahí resulta útil el paradigma de la alteridad.
El problema aparece cuando dejamos de perseguir conductas concretas y comenzamos a perseguir categorías de personas.
De buscar delincuentes a prevenir trayectorias
Quizá durante demasiado tiempo quisimos encontrar al delincuente en la cara de una persona, cuando también debimos buscar en las condiciones que la rodeaban.
La prevención contemporánea requiere estudiar al individuo, pero también su entorno.
No para sustituir la responsabilidad individual por una explicación social, sino para comprender algo mucho más útil: cómo se construyen las trayectorias que pueden conducir hacia la violencia y qué podemos hacer para interrumpirlas.
Una política de seguridad puede necesitar perseguir a quienes cometen delitos.
Una política de prevención tiene además otra responsabilidad: reducir las condiciones que favorecen que nuevas personas terminen incorporándose a esas mismas dinámicas de violencia.
Una reflexión final
Romper con el paradigma de la alteridad no significa negar la existencia de personas peligrosas, delincuentes u organizaciones criminales.
Significa evitar algo diferente: convertir a determinados grupos sociales en sospechosos por definición.
La prevención necesita reconocer riesgos sin deshumanizar. Analizar conductas sin convertirlas en identidades. Comprender contextos sin justificar delitos. Y quizá, sobre todo, dejar de preguntarnos únicamente: ¿cómo nos protegemos de “ellos”? para comenzar a preguntarnos también: ¿qué podemos hacer como sociedad para que menos personas terminen convirtiéndose en generadores de violencia?
Prevenir no es simplemente aprender a desconfiar. Prevenir es comprender cómo se genera la violencia para intervenir antes de que ocurra.