El riesgo de un poder sin límites

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Hace más de un siglo, Lord Acton escribió una frase que continúa vigente “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

La investigación contemporánea introduce, sin embargo, una precisión importante: el poder no corrompe inevitablemente a todas las personas, pero sí puede modificar la manera en que pensamos y actuamos. Quien adquiere poder dispone de mayor libertad para decidir, encuentra menos obstáculos y puede comenzar a sentirse menos obligado a considerar las consecuencias de sus actos sobre los demás.

Esto no sucede solamente en la política. Ocurre en la familia, la escuela, las empresas, asociaciones, comunidades y cualquier espacio donde una persona pueda premiar, castigar, favorecer, excluir o decidir sobre otros.

Cuando cambia la percepción de quien manda

Diversos estudios de psicología social encontraron que quienes ocupan posiciones de poder pueden mostrar menor disposición para adoptar la perspectiva de otras personas y, en algunos casos, aplicar estándares distintos para sí mismos y para los demás.

La transformación puede ser gradual. Primero aparece la seguridad para decidir. Después la convicción de que uno sabe más. Más adelante, la molestia ante quien cuestiona y, finalmente, la idea de que determinadas reglas pueden flexibilizarse porque “la situación lo amerita”.

El problema no es necesariamente el poder mismo, sino el poder sin controles, rodeado de personas que dependen de él y acompañado de impunidad.

También existe evidencia de que el poder puede potenciar conductas positivas cuando quien lo ejerce posee fuertes convicciones éticas. Por ello, más que pensar que todos los poderosos acabarán corrompidos, deberíamos preguntarnos ¿qué límites existen para impedir que alguien abuse de su posición?

De la confianza al círculo de favores

La sociología ha estudiado cómo incluso organizaciones creadas con ideales democráticos pueden terminar concentrando decisiones, información y recursos en grupos cada vez más pequeños.

Entonces aparece una frase aparentemente razonable “Necesito gente de confianza”. Después “Primero los nuestros” y más adelante “Él me ayudó; ahora me corresponde ayudarlo”. Poco a poco, el círculo de confianza puede convertirse en un círculo de favores.

En México conocemos bien conceptos como compadrazgo, amiguismo, padrinazgo, nepotismo y clientelismo. No todos constituyen necesariamente delitos, pero pueden crear redes donde el acceso a oportunidades depende menos del mérito o de las reglas y más de a quién se conoce y qué se debe a cambio.

El peligro comienza cuando estas prácticas dejan de parecernos anormales. El favor se convierte en “apoyo”. El nepotismo, en “confianza”. La influencia indebida, en “gestión” y la excepción termina transformándose en costumbre.

Cuando los favores encuentran al crimen

Aquí aparece una dimensión particularmente grave para México. Las organizaciones criminales no siempre necesitan controlar completamente una institución. Puede bastarles con acceder a personas capaces de proporcionar información, permisos, protección, contratos, movimientos policiales o decisiones estratégicas.

El funcionario que comenzó favoreciendo a un conocido puede terminar protegiendo intereses mucho más peligrosos.

El empresario acostumbrado a resolver problemas mediante relaciones personales puede aceptar intermediarios cuyo verdadero poder proviene del crimen.

El policía que permitió una pequeña excepción puede posteriormente quedar atrapado en una red de compromisos.

 

La red de favores puede terminar conectándose con una red criminal.

 

En ese momento ya no hablamos únicamente de corrupción. Hablamos también de seguridad, impunidad y gobernanza criminal.

La corrupción permite que el delito compre información, protección y tiempo. Y cuando quienes deberían contenerlo forman parte de la red, el poder criminal aumenta mientras disminuye la capacidad de las instituciones para enfrentarlo.

¿Por qué el poder resulta tan peligroso sin controles?

Una conocida fórmula del especialista Robert Klitgaard lo resume: Corrupción = monopolio + discrecionalidad − rendición de cuentas.

Cuando una persona concentra capacidad de decisión, dispone de amplia libertad para ejercerla y enfrenta pocas posibilidades de ser cuestionada o sancionada, crecen las oportunidades para el abuso.

Ésta es probablemente una de las lecciones más importantes. No basta con colocar “buenas personas” en posiciones importantes. Hay que construir sistemas que dificulten que cualquiera pueda utilizar el poder para beneficio propio.

Cinco preguntas frente al poder

      1. ¿Quién puede decirle que no?
        Una persona rodeada exclusivamente de subordinados, familiares, amigos o beneficiarios puede terminar escuchando únicamente aquello que desea escuchar.

      2. ¿Quién vigila sus decisiones?
        Toda forma de poder necesita supervisión. En una empresa pueden ser auditorías y consejos; en el gobierno, instituciones y leyes; incluso dentro de una familia debe existir diálogo y respeto a límites.

      3. ¿Puede repartir beneficios sin explicaciones?
        Mientras mayor sea la posibilidad de asignar cargos, contratos, recursos u oportunidades, mayor debe ser la transparencia.

      4. ¿Existen consecuencias cuando se abusa?
        Una norma que nadie aplica termina enseñando que infringirla no cuesta nada. La impunidad es probablemente uno de los principales fertilizantes de la corrupción.

      5. ¿El poder puede cambiar de manos?
        La permanencia excesiva favorece dependencias, redes de lealtad y la sensación de propiedad sobre instituciones que deberían pertenecer a todos.

No necesitamos personas incorruptibles

Quizá hemos depositado demasiada esperanza en encontrar al líder perfecto, al empresario intachable, al funcionario honesto o al jefe que nunca abuse de su posición.

Por supuesto que los valores personales importan, no obstante, una sociedad madura no puede depender exclusivamente de la virtud de quien manda. Debe crear contrapesos, transparencia, supervisión, rendición de cuentas y consecuencias reales.

El poder seguirá siendo necesario. Alguien tiene que dirigir, coordinar, decidir y asumir responsabilidades. El riesgo aparece cuando quien recibió autoridad para servir comienza a creer que la autoridad le pertenece.

Y probablemente ahí radique la diferencia entre ejercer el poder y ser intoxicado por él.

El poder puede transformar a las personas. Los límites existen para impedir que esa transformación termine perjudicando a todos los demás.

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