Hablar también protege

Newsletter — Hablar también protege

Cuando la violencia afecta a una comunidad, los adultos solemos tratar de proteger a niñas, niños y adolescentes evitando que conozcan lo que ocurre. Pero ellos también ven, escuchan, preguntan y sienten.

Una balacera cercana, una escuela que suspende clases, rumores sobre desaparecidos, amenazas, videos en redes sociales o conversaciones entre adultos pueden generar miedo e incertidumbre. Pensar que “no se dan cuenta” es un error pues estas experiencias pueden manifestarse mediante ansiedad, problemas de sueño, dificultades para concentrarse, aislamiento o cambios de comportamiento.

Los hechos vinculados al crimen organizado tampoco afectan únicamente a sus víctimas directas. Extorsiones, desplazamientos, reclutamiento de menores, amenazas y homicidios modifican la vida familiar, escolar y comunitaria, debilitan relaciones de confianza y pueden hacer que la violencia termine percibiéndose como algo cotidiano.

Por eso, proteger también significa aprender a hablar.

El silencio no siempre protege

Hablar no significa describir hechos crueles ni trasladar a los menores las preocupaciones de los adultos. Significa ofrecer explicaciones sencillas y adecuadas a su edad para evitar que construyan su propia versión únicamente a partir de rumores, redes sociales o miedo.

Los niños pequeños necesitan respuestas breves; los escolares pueden comprender ejemplos cercanos; y los adolescentes pueden analizar con mayor profundidad causas, consecuencias y alternativas de protección. Lo importante es escuchar, responder con honestidad y reforzar siempre que existen adultos responsables de protegerlos.

También debemos prestar atención a los entornos digitales, donde contactos desconocidos, ofrecimientos de dinero o regalos, solicitudes de información personal, conversaciones secretas o invitaciones a encuentros pueden utilizarse para manipular, engañar o reclutar.

La prevención ya no puede limitarse al viejo consejo de “no hables con extraños”.

Hay que enseñarles a reconocer riesgos y, sobre todo, a pedir ayuda.

Cinco acciones para proteger

      1. Hable antes de que ocurra una crisis.
        Aproveche momentos tranquilos para preguntar qué han escuchado, qué entienden y qué les preocupa. Escuche más de lo que habla y evite explicaciones innecesariamente alarmantes. No es necesario esperar a un hecho grave para comenzar una conversación preventiva.

      2. Escuche sin interrogar.
        Si un niño expresa miedo o relata una situación preocupante, mantenga la calma, no minimice sus emociones y no lo presione para obtener detalles. El adulto debe escuchar, acompañar y buscar ayuda cuando sea necesario, no convertirse en investigador.

      3. Construya una red de confianza.
        Todo menor debería saber a quién acudir entre padres, familiares, maestros, orientadores u otros adultos responsables. También debe reconocer lugares seguros y saber expresar frases sencillas como “Me siento inseguro”, “necesito hablar contigo” o “necesito ayuda”.

      4. Enseñe qué hacer ante un riesgo.
        Las instrucciones deben ser simples: alejarse del peligro, buscar un lugar seguro, acudir a un adulto y no enfrentar la situación solo. En internet, deben proteger datos personales, desconfiar de ofrecimientos sospechosos y reportar contactos que generen presión, miedo o incomodidad.

      5. Proteja en comunidad.
        La familia constituye el primer círculo, pero necesita a la escuela, vecinos, organizaciones e instituciones. Conviene saber previamente dónde solicitar ayuda y evitar que menores o adultos intenten confrontar por cuenta propia a personas vinculadas con situaciones violentas.

No basta con decirles de qué deben alejarse

Las relaciones de confianza con adultos, la permanencia escolar, las redes comunitarias y la participación en actividades deportivas, culturales o recreativas pueden convertirse en importantes factores de protección.

Esto resulta particularmente relevante cuando grupos criminales pueden ofrecer a algunos jóvenes aquello que no encuentran en otros espacios, tales como dinero, reconocimiento, pertenencia o identidad.

Por eso no basta con decir “No te acerques”, debemos construir razones para que quieran mantenerse lejos.

Niñas, niños y adolescentes no son responsables de solucionar la violencia que los rodea. Nuestra obligación es proporcionarles información para reconocer riesgos, confianza para hablar y redes capaces de responder cuando pidan ayuda.

 

El reto será informar sin alarmar, escuchar sin presionar y proteger sin aislarlos de la realidad.

 

Una conversación oportuna puede convertirse en la primera herramienta para que un niño reconozca un peligro y comprenda algo fundamental: no tiene que enfrentarlo solo.

Adéntrate en este importante tema con la lectura del Manual para hablar con niñas, niños y adolescentes sobre violencia y crimen organizado, publicado por Luis Félix, sociólogo mexicano y analista de Global Iniative Agaibst Transnational Organized Crime (GI-TOC).

 

Agregar comentario