Nota del editor: este artículo ha sido publicado, previamente, en la revista Líderes Mexicanos.
Uno de los aspectos en que la mayoría de los estudiosos de la violencia coinciden, es en señalar a la desigualdad como uno de los factores más influyentes.
No obstante, la desigualdad económica no es la que provoca la violencia, más bien es la influencia que el dinero ejerce, cada día más, sobre la posibilidad de tener acceso a satisfactores esenciales: a los servicios de salud y educación, a la justicia y seguridad, así como a la capacidad individual de influir en las decisiones comunitarias y políticas.
Si bien la desigualdad económica es importante, la mercantilización de los bienes comunitarios es la hoja que rasga el tejido social.
Hemos pasado, casi sin darnos cuenta, de tener una economía de mercado a convertirnos en una sociedad de mercado; la primera es una herramienta para la organización de la actividad productiva, en tanto que la segunda, es una condición en la que casi todo está a la venta.
Imaginemos un juego de Monopolio, donde a uno de los jugadores se le otorgan, de arranque, un conjunto de privilegios: se le da el doble de dinero; al pasar por la casilla “Go” recibe el doble de la paga y avanza tirando dos dados en lugar de uno.
En estas condiciones de clara inequidad, las habilidades, el talento y hasta la suerte se tornan irrelevantes.
Paul Piff, un psicólogo social, realizó este experimento. Sus observaciones sobre la conducta de jugadores privilegiados en un juego amañado, son reveladoras: aparecieron señales de dominio, muestras de poder y excesos en las celebraciones; emergió en ellos una actitud de rudeza, se tornaron insensibles y surgieron demostraciones de ostentación del éxito material; ignoraron sus ventajas de arranque y exaltaron sus propias habilidades y decisiones.
Las condiciones del mundo real se parecen a ese juego de monopolio amañado; basta con ver que las instituciones de banca múltiple en México, tan sólo por concepto de intereses y según datos de la CNBV, registraron en 2022 ganancias -sin precedente- de más de 45.6% (1 billón 173 mil millones de pesos) respecto de 2021, en tanto que el PIB del país creció apenas un 3.7%.
La violencia e inseguridad actuales nos obligan a lo urgente, no obstante, no debemos olvidar las raíces del problema: la desigualdad, la corrupción y la impunidad, que nos plantean un escenario económico, político y social amañado, donde la insensibilidad, la ostentación, así como la exaltación de los privilegios, hieren profundamente y hacen que el talento y el trabajo productivo tengan poco valor y casi nulos incentivos.
Si de un único manotazo pudieras eliminar alguna de las fuentes de nuestra inseguridad, ¿a cuál le pegarías primero?