El Libro Negro de las omisiones

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Hace algunos años, El Libro Negro de las Marcas, de Klaus Werner y Hans Weiss, sacudió a empresas de todo el mundo. El libro exhibió prácticas corporativas cuestionables relacionadas con explotación laboral, afectaciones ambientales y conductas alejadas de los principios de responsabilidad social que las propias organizaciones pregonaban en sus campañas publicitarias.

La discusión fue incómoda. Las empresas señaladas tuvieron que responder por lo que hicieron.

Pero quizá la gran pregunta que comenzará a plantearse en las próximas décadas no será sobre las acciones de las organizaciones. Será sobre sus omisiones.

Hoy vivimos en una época donde prácticamente cualquier empresa puede acceder a información detallada sobre el entorno en el que opera. Existen estadísticas, estudios académicos, análisis criminológicos, indicadores sociales, datos educativos, diagnósticos comunitarios y herramientas tecnológicas capaces de mostrar, con bastante claridad, la evolución de los problemas en una comunidad.

Y aun así, muchas organizaciones siguen realizando sus llamados “análisis de contexto” como si fueran un simple trámite para satisfacer una auditoría; una matriz FODA: Unas cuantas fortalezas. Algunas amenazas genéricas. Un documento archivado.Un requisito cumplido y asunto terminado.

Pero la realidad no funciona así. Mientras el auditor firma el cumplimiento, la comunidad sigue evolucionando.Los jóvenes siguen abandonando la escuela. Las familias siguen fragmentándose. Las adicciones continúan creciendo. La violencia se normaliza y los grupos criminales encuentran espacios fértiles para reclutar, cooptar y expandirse.

La pregunta incómoda es inevitable: ¿Dónde estaban las empresas mientras todo eso ocurría?

Imaginemos una compañía que invirtió cientos de millones de dólares para instalar una planta en una comunidad aparentemente tranquila. Sus estudios financieros fueron impecables. Sus análisis de mercado también. Su planeación logística resultó brillante. Pero nadie se preguntó por qué una parte importante de los hogares estaba encabezada por mujeres cuyos esposos habían migrado a Estados Unidos.

Nadie analizó qué ocurría con miles de adolescentes que crecían sin supervisión parental. Nadie observó los índices de abandono escolar. Nadie prestó atención al deterioro del tejido social. Nadie consideró que esos mismos jóvenes podían convertirse, años después, en la materia prima perfecta para las estructuras criminales.

Dos décadas más tarde, esa misma región se convierte en el bastión de uno de los grupos delincuenciales más violentos del continente y entonces todos se preguntan cómo fue posible. La verdadera pregunta debería ser otra. ¿Cómo nadie lo vio venir? O peor aún: ¿Cómo tantos lo vieron venir y decidieron que no era asunto suyo?

Porque aquí es donde el concepto moderno de compliance comienza a transformarse.

 

Durante años, el compliance se concentró en prevenir sobornos, conflictos de interés, lavado de dinero o incumplimientos regulatorios. Todo eso sigue siendo importante. Pero el mundo empresarial enfrenta ahora un desafío mucho más complejo.

 

Comprender que los riesgos no nacen únicamente dentro de las instalaciones. También nacen fuera de ellas. Nacen en las comunidades. En las escuelas. En las familias. En los barrios donde viven los colaboradores. En las colonias donde crecen sus hijos. En las calles por donde transitan diariamente.

Una empresa puede tener el mejor sistema de videovigilancia. Los controles de acceso más sofisticados. Los procedimientos más estrictos. Las certificaciones más prestigiosas. Y aun así fracasar estrepitosamente si ignora el deterioro social que ocurre alrededor de ella.

Porque tarde o temprano, la realidad termina cruzando la barda perimetral. Primero aparece la rotación. Luego el ausentismo.Después la extorsión. Más tarde el robo. Finalmente la violencia.

Cuando eso ocurre, muchas organizaciones descubren que el contexto que ignoraron durante años terminó convirtiéndose en su principal riesgo operativo.

No se trata de responsabilizar a las empresas por la existencia del crimen organizado. Sería absurdo. Pero sí resulta válido preguntar si una organización que presume sostenibilidad, responsabilidad social y compromiso con la comunidad debería permanecer indiferente cuando detecta señales claras de deterioro social en el lugar donde opera.

La verdadera responsabilidad social no consiste únicamente en entregar despensas, patrocinar eventos o sembrar árboles para el informe anual. Consiste en ayudar a construir comunidades más resilientes. Más fuertes. Más seguras. Más capaces de resistir la violencia y el reclutamiento criminal, y eso comienza con algo tan simple como tomarse en serio el análisis de contexto.

No como un requisito documental, sino como una herramienta estratégica de supervivencia.

Cinco preguntas que toda empresa debería hacerse hoy

      • La primera es si realmente conoce la realidad social de las comunidades donde opera o si únicamente conoce sus indicadores financieros.

      • La segunda consiste en preguntarse si analiza factores como deserción escolar, violencia familiar, consumo de drogas, migración o desempleo juvenil como parte de sus riesgos estratégicos.

      • La tercera es determinar si mantiene diálogo permanente con escuelas, organizaciones civiles, autoridades locales y líderes comunitarios que puedan advertir problemas emergentes.

      • La cuarta consiste en evaluar si sus programas de responsabilidad social están resolviendo problemas reales o únicamente generando fotografías para los informes corporativos.

      • Y la quinta, quizá la más importante, es preguntarse qué dirán las futuras generaciones si dentro de veinte años descubren que una empresa identificó señales tempranas de deterioro social y decidió no actuar.


El Libro Negro de las Marcas
obligó a las empresas a responder por aquello que hicieron.

El libro negro de las omisiones será mucho más incómodo. Porque preguntará qué sabían. Cuándo lo supieron y por qué decidieron no hacer nada.

Tal vez el próximo gran escándalo corporativo no sea una fábrica contaminando un río. Tal vez sea una empresa que operó durante décadas en una comunidad donde nacieron la violencia, el reclutamiento criminal y la desintegración social, mientras sus reportes de compliance seguían afirmando que todo estaba bajo control.

Y cuando llegue ese momento, la pregunta ya no será si la empresa cumplió con la norma. La pregunta será si cumplió con su responsabilidad frente a la sociedad que le permitió existir.

 

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