Tu compra de oro, ¿responsable o riesgosa?

Newsletter - Tu compra de oro, ¿responsable o riesgosa?

Cuando alguien compra una cadena, un anillo o unos aretes de oro, normalmente pregunta cuánto pesa, cuántos quilates tiene y cuánto cuesta, pero casi nadie hace una cuarta pregunta: ¿De dónde salió ese oro?

Durante años escuchamos hablar de los “diamantes de sangre”, esas piedras preciosas extraídas en zonas de guerra, explotación y violencia. Sin embargo, América Latina enfrenta desde hace tiempo una realidad igualmente grave: el llamado oro ilegal, oro sucio u oro de sangre.

En América Latina, el problema del oro ilegal no es marginal. Estimaciones de la Global Initiative Against Transnational Organized Crime advertían desde 2016 que buena parte de la producción aurífera regional podía estar contaminada por la ilegalidad: aproximadamente 28% del oro en Perú, 30% en Bolivia, 77% en Ecuador, 80% en Colombia y entre 80% y 90% en Venezuela tendría origen ilegal o circularía dentro de cadenas opacas de comercialización.

México no vive exactamente el mismo fenómeno que estos países, pero sería un grave error pensar que estamos ajenos al problema.

En nuestro país, la preocupación no se limita a la extracción clandestina. El riesgo está también en la captura criminal de partes de la cadena minera: robo de minerales, extorsión a empresas, control territorial, infiltración de transportistas, cobro de piso y tráfico de insumos como el mercurio, utilizado precisamente para extraer oro de forma ilegal en otros países de la región.

La minería ilegal dejó de ser un problema ambiental para convertirse en una economía criminal y, como toda economía criminal, necesita territorios, protección, transporte, corrupción, compradores y consumidores finales.

Ahí es donde la ciudadanía entra en escena.

Cuando alguien compra oro únicamente porque “está barato”, quizá no está adquiriendo una oportunidad. Quizá está participando, sin saberlo o sin querer saberlo, en una cadena que pudo haber comenzado con un río contaminado, una comunidad amenazada, un trabajador explotado o un cargamento robado.

El problema no termina en la mina. Continúa en la fundición, en el intermediario, en la joyería informal, en el pago en efectivo, en la factura inexistente, en el “precio especial” y finalmente, en el consumidor que prefiere no preguntar demasiado.

México debe mirar este tema con seriedad. La minería es una actividad legítima, necesaria y estratégica cuando opera dentro de la ley, con controles ambientales, laborales y fiscales. Pero cuando el crimen organizado se acerca a cualquier cadena productiva, el daño no se limita a una empresa o a un sector. Se convierte en un problema de seguridad nacional.

La minería ilegal financia grupos criminales, destruye ecosistemas, desplaza comunidades, contamina agua, explota personas, lava dinero, corrompe autoridades. Además, distorsiona mercados porque compite de manera desleal contra quienes sí cumplen la ley.

Por eso, la pregunta de fondo no es solamente qué están haciendo las autoridades. La pregunta también es qué estamos comprando nosotros. Porque el oro no siempre brilla igual. Hay oro que representa trabajo, tradición, ahorro o patrimonio familiar. Pero también puede haber oro que arrastra violencia, explotación y muerte.

Y si como consumidores no aprendemos a preguntar por su origen, seguiremos permitiendo que el crimen organizado encuentre salida comercial para aquello que obtuvo mediante destrucción.

Cinco recomendaciones para la ciudadanía

      1. Antes de comprar oro, exija factura, identificación del establecimiento y claridad sobre el origen del producto. La informalidad puede parecer más barata, pero suele ser el primer espacio donde se ocultan operaciones irregulares.

      2. Desconfíe de precios demasiado bajos. El oro tiene un valor internacional de referencia; cuando alguien lo ofrece muy por debajo del mercado, conviene preguntarse qué historia hay detrás.

      3. Evite comprar joyería, monedas o lingotes a desconocidos, intermediarios improvisados o vendedores en redes sociales sin respaldo formal.

      4. Si va a vender oro usado, acuda a establecimientos establecidos y conserve comprobantes. El comercio informal también puede ser utilizado para mezclar oro legal con oro de origen ilícito.

      5. Y finalmente, recuerde que el consumo también es una forma de participación ciudadana. Cada compra puede fortalecer una cadena legal o alimentar una economía criminal.


La próxima vez que vea una joya de oro, no pregunte solamente cuánto cuesta. Pregunte también cuánto pudo haber costado obtenerla. Porque el precio aparece en la etiqueta, pero el verdadero costo, muchas veces, quedó enterrado en la mina.

Para complementar estas recomendaciones recomendamos la lectura de nuestro artículo “Engaños con joyería, lo que debes saber al comprar”.

 

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