Un boleto de 20 pesos. Un premio que comienza en unos cuantos miles. Si nadie gana, la bolsa crece. Al día siguiente resulta todavía más atractiva y aparecen nuevos compradores.
Parece una sencilla rifa de barrio, no obstante, detrás de las llamadas “rifas colombianas” se ha documentado en México algo mucho más complejo: sorteos sin regulación aparente, manejo intensivo de efectivo y, en algunos casos, esquemas relacionados con fraude, extorsión, préstamos ilegales e incluso explotación de quienes venden los boletos.
Reportajes recientes han documentado estas rifas en mercados, zonas comerciales y calles de la Ciudad de México. Los boletos pueden costar alrededor de 20 pesos, los sorteos se realizan prácticamente todos los días y las bolsas pueden acumularse hasta superar los 100 mil pesos.
¿De dónde vienen?
No existe evidencia suficiente para afirmar que esta modalidad haya nacido en Colombia ni debe asociarse el fenómeno con una nacionalidad en general.
El nombre de “rifas colombianas” se popularizó porque diversas investigaciones han identificado operadores de ese país. Sin embargo, también se ha encontrado participación de personas de otras nacionalidades y, más importante todavía, algunos de quienes aparecen vendiendo boletos pueden ser víctimas de las propias organizaciones.
En Guadalajara existen reportes de estas prácticas desde hace varios años. Posteriormente, investigaciones desarrolladas en Jalisco revelaron redes que reclutaban principalmente a extranjeros con falsas ofertas laborales. Una vez incorporados, algunos eran obligados a vender rifas o cobrar préstamos conocidos como “gota a gota”, bajo cuotas, amenazas e incluso restricciones a su libertad.
Así, detrás de quien ofrece un boleto también puede existir otra víctima.
¿Cómo funciona?
La apariencia es sencilla. Vendedores recorren mercados y comercios ofreciendo boletos baratos. Se anuncia un premio en efectivo y, si no aparece ganador, la bolsa aumenta. Los resultados pueden difundirse mediante WhatsApp y otros medios informales. En algunos casos incluso se exhiben públicamente ganadores o entregas de premios.
Ese punto es importante: una operación irregular no necesita evitar siempre el pago de premios para resultar rentable. Entregar algunos puede generar confianza, testimonios y nuevos compradores.
El problema aparece cuando nadie puede verificar cuántos boletos fueron emitidos, cuánto dinero ingresó realmente, cómo se seleccionó al ganador, quién resguarda los recursos o qué autoridad supervisa el sorteo.
En México, los sorteos requieren autorización de la Secretaría de Gobernación, por conducto de la Dirección General de Juegos y Sorteos. La regulación contempla requisitos sobre responsables, mecánica, premios y garantías para su pago.
Un boleto impreso, un grupo de WhatsApp o la fotografía de un ganador no sustituyen un permiso oficial.
¿Dónde está el engaño?
La primera víctima puede ser el participante, que compra repetidamente una posibilidad cuya verdadera probabilidad desconoce.
Después está el comerciante. Diversos reportajes han descrito situaciones en las que las rifas dejan de ser una compra completamente voluntaria y comienzan a relacionarse con presión, cobros o préstamos informales.
También puede ser víctima el propio vendedor cuando trabaja bajo amenazas o cuotas impuestas por una organización. La comunidad pierde cuando una actividad económica basada casi exclusivamente en efectivo funciona sin transparencia, identificación clara de responsables o supervisión.
Por eso, reducir el fenómeno simplemente a una “rifa arreglada” puede quedarse corto. Detrás puede existir una estructura mucho mayor.
Cinco precauciones
- Verifique que exista permiso. Un sorteo autorizado debe poder identificar claramente a su organizador y la autorización correspondiente.
- Desconfíe de la opacidad. Pregunte cuántos boletos existen, cuál es la mecánica, cuándo se realiza el sorteo y quién responde por el premio.
- No confunda un ganador con legalidad. Que alguien haya recibido dinero no demuestra que toda la operación sea transparente.
- Nunca normalice la presión. Si la compra deja de ser voluntaria, aparece una amenaza o se relaciona con el cobro de una deuda, la situación cambia por completo y debe denunciarse.
- Observe también al vendedor. Jornadas excesivas, vigilancia, amenazas, cuotas imposibles o restricciones a su libertad pueden indicar que esa persona también está siendo explotada.
- Verifique que exista permiso. Un sorteo autorizado debe poder identificar claramente a su organizador y la autorización correspondiente.
La suerte también necesita reglas
Las rifas existen desde hace generaciones y no toda persona que vende un boleto pretende defraudar. El problema comienza cuando la confianza sustituye a la supervisión.
Cuando una actividad se vuelve cotidiana, visible y aparentemente aceptada, resulta fácil dejar de preguntarnos quién la organiza realmente, dónde termina el dinero o quién garantiza que las reglas se cumplan.
La costumbre no convierte una actividad en legal.Ni un premio entregado convierte automáticamente una operación opaca en transparente. Antes de preguntarnos si tendremos suerte conviene hacernos otras preguntas:
¿Quién organiza la rifa? ¿Quién la autoriza? ¿Cómo se determina al ganador? ¿Quién controla el dinero? ¿Y quién gana realmente con el negocio?
Cuando nadie puede responderlas con claridad, quizá la verdadera rifa sea descubrir quién será el próximo en perder