Cómo evitar cirugías riesgosas

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Nadie entra a un quirófano pensando que algo saldrá mal. Quien decide operarse lo hace porque busca recuperar su salud, aliviar un dolor, corregir una enfermedad o, en otros casos, mejorar algún aspecto de su apariencia física. Detrás de esa decisión suele haber esperanza, confianza y, muchas veces, un enorme sacrificio económico.

Precisamente por ello, resulta tan doloroso que miles de personas en América Latina terminen siendo víctimas no solo de una complicación médica, sino de la negligencia, la impericia, el engaño o incluso del fraude.

En México, la salud enfrenta una realidad compleja. Los sistemas públicos trabajan bajo una enorme presión, con hospitales saturados, listas de espera prolongadas y limitaciones materiales que obligan a muchos pacientes a buscar alternativas. Al mismo tiempo, la medicina privada representa para numerosas familias un gasto prácticamente inalcanzable, mientras que los seguros de gastos médicos mayores incrementan constantemente sus primas, deducibles y restricciones.

En ese contexto de necesidad, urgencia o desesperación aparecen quienes ofrecen soluciones aparentemente perfectas: procedimientos rápidos, promociones irresistibles, “cirugías sin riesgo”, clínicas de lujo en redes sociales y médicos que prometen resultados extraordinarios a precios muy por debajo del mercado.

Pero no siempre se trata de médicos.

En los últimos años, diversas investigaciones periodísticas y acciones de las autoridades sanitarias han puesto al descubierto clínicas clandestinas, personas que realizan procedimientos para los cuales no están legalmente capacitadas y establecimientos donde la prioridad parece ser el negocio antes que la seguridad del paciente. En algunos casos, las consecuencias han sido deformidades permanentes; en otros, daños irreversibles e incluso la muerte.

Es importante decirlo con claridad. No toda complicación quirúrgica constituye mala praxis.

La medicina no es una ciencia exacta. Incluso los mejores especialistas enfrentan riesgos inherentes a cualquier procedimiento. El verdadero problema aparece cuando existe negligencia, impericia o imprudencia, es decir, cuando el daño pudo haberse evitado mediante una actuación profesional adecuada. Precisamente esas conductas son las que pueden dar origen a responsabilidades civiles, administrativas e incluso penales.

La propia doctrina médico-legal distingue claramente entre el error inevitable propio de toda actividad humana y la mala práctica derivada del incumplimiento de los estándares profesionales. Asimismo, establece que una atención médica de calidad debe reunir cuatro elementos fundamentales: oportunidad, competencia profesional, seguridad y respeto a los principios éticos.

Sin embargo, hoy enfrentamos un fenómeno adicional. Ya no hablamos únicamente de errores médicos. Hablamos también de fraudes contra la salud.

Personas que usurpan profesiones. Especialistas que nunca realizaron la especialidad que anuncian. Clínicas improvisadas que operan sin las condiciones mínimas de seguridad. Influencers que promueven procedimientos como si fueran tratamientos cosméticos sin riesgo y pacientes que, seducidos por un precio atractivo o una fotografía espectacular publicada en redes sociales, entregan literalmente su vida a desconocidos.

La cirugía estética merece una reflexión particular.

Durante décadas dejó de ser un procedimiento reservado para casos reconstructivos y se convirtió en una poderosa industria impulsada por estándares de belleza, redes sociales y presión cultural. El problema no es la cirugía estética en sí misma, sino la creciente comercialización de procedimientos realizados por personas sin la formación, certificación o infraestructura necesaria.

Paradójicamente, muchas personas dedican semanas a investigar el automóvil que desean comprar, comparan hoteles antes de salir de vacaciones o revisan decenas de opiniones antes de adquirir un teléfono celular. Sin embargo, algunas toman la decisión de someterse a una cirugía basándose únicamente en una publicación de Instagram, un video de TikTok o una promoción temporal.

En materia de prevención del delito solemos repetir una idea sencilla: la confianza nunca debe sustituir a la verificación. La salud no debería ser la excepción.

Detrás de muchas historias que hoy ocupan los titulares existieron señales de advertencia que pasaron inadvertidas. Promesas demasiado buenas para ser ciertas. Procedimientos ofrecidos a precios extraordinariamente bajos. Instalaciones improvisadas. Ausencia de documentación. Falta de certificaciones. Presión para decidir rápidamente.

La prevención comienza mucho antes de entrar al quirófano.

Cinco recomendaciones para proteger su salud

1. Verifique la preparación del médico. Antes de aceptar cualquier procedimiento, confirme que el profesionista cuente con cédula profesional, la especialidad correspondiente y, cuando aplique, certificación vigente del consejo de especialidad. No basta con una bata blanca ni con miles de seguidores en redes sociales.

2. Investigue la clínica, no solo al médico. Un excelente especialista también requiere un entorno seguro. Verifique que el establecimiento cuente con autorización sanitaria, quirófanos adecuados, equipo para atender emergencias y personal capacitado.

3. Desconfíe de las ofertas que apelan a la urgencia. Descuentos por tiempo limitado, promociones de “dos por uno”, paquetes vacacionales con cirugía incluida o financiamientos que buscan acelerar la decisión deben encender una señal de alerta. La salud nunca debería comprarse por impulso.

4. Solicite una segunda opinión. Cuando se trate de procedimientos importantes o irreversibles, consultar a otro especialista no representa desconfianza; representa prudencia. En muchas ocasiones, una segunda valoración puede confirmar el diagnóstico o proponer alternativas menos invasivas.

5. Recuerde que el mejor resultado no es verse mejor, sino salir bien. La cirugía más exitosa no siempre es la que transforma la apariencia, sino aquella que preserva la vida, la salud y la dignidad del paciente.


En materia de seguridad solemos decir que la mejor emergencia es la que nunca ocurre. En medicina sucede algo muy parecido. La mejor cirugía no comienza cuando el cirujano toma el bisturí. Comienza mucho antes, cuando el paciente decide, con información suficiente y sin prisas, en manos de quién pondrá lo más valioso que posee: su propia vida.

 

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