Hay un fenómeno silencioso, pero profundamente transformador, que ocurre en México: las nuevas generaciones crecieron en un entorno donde la inseguridad no es la excepción… sino la regla. Para muchos jóvenes, escuchar sobre extorsiones, desapariciones, robos o violencia no genera asombro, sino familiaridad. No porque sean indiferentes, sino porque no conocieron un país distinto.
Y ahí radica un punto crítico desde la perspectiva sociológica: lo que se normaliza, deja de cuestionarse.
Para dimensionar este cambio, vale la pena recordar algunos datos:
- En México, la tasa de homicidios en los años 80 se encontraba por debajo de 10 por cada 100,000 habitantes
- En la última década, superó en varios momentos los 25-30 por cada 100,000 (INEGI / SESNSP)
- De acuerdo con la ENVIPE:
- Más del 60% de la población adulta considera inseguro su entorno
- La cifra negra (los no denunciados) supera el 90%
- Diversos estudios documentaron cómo la percepción de inseguridad moldeó hábitos cotidianos: evitar salir de noche, modificar rutinas, desconfiar del otro.
- En México, la tasa de homicidios en los años 80 se encontraba por debajo de 10 por cada 100,000 habitantes
Esto no sólo refleja un problema de seguridad. Refleja algo más profundo: una transformación cultural del miedo y la convivencia.
Desde la antropología social, autores como Pierre Bourdieu y Norbert Elias explican cómo las sociedades interiorizan prácticas a través de la experiencia cotidiana. En este caso, quienes vivieron un México más seguro tienen memoria comparativa. Quienes nacieron en este contexto no tienen ese referente.
Esto genera una diferencia clave: las generaciones mayores perciben la inseguridad como anormal. Las nuevas generaciones pueden llegar a percibirla como parte del entorno. Y cuando algo se percibe como “normal” se tolera más, se cuestiona menos, se enfrenta con menor urgencia.
Aquí es donde entra un punto central de reflexión: las generaciones que conocieron otro país —padres y abuelos— no sólo tienen nostalgia… tienen responsabilidad. ¿Por qué? Porque aún estamos a tiempo de transmitir valores, reconstruir narrativas, enseñar formas distintas de convivir; no desde el discurso idealizado del pasado, sino desde la experiencia vivida de que sí es posible vivir de otra manera.
Cinco aspectos que no debemos perder de vista
- La memoria como herramienta preventiva. No se trata de romantizar el pasado, sino de recordar que la inseguridad no siempre fue así. Transmitir esa memoria ayuda a generar referentes distintos en los jóvenes.
- Recuperar la cultura de la confianza. Diversos estudios de capital social (Putnam) muestran que las sociedades más seguras son aquellas donde existe mayor confianza interpersonal. Hoy, la desconfianza domina. Recuperar pequeñas prácticas de convivencia es una tarea que no puede aplazarse.
- Educar en corresponsabilidad. La seguridad no es sólo tarea del Estado. Es fundamental transmitir a las nuevas generaciones que sus decisiones importan, que su conducta impacta a otros y que su participación es importante.
- No normalizar la violencia cotidiana. Desde bromas agresivas hasta actos de engaños o lucro personal menor: lo pequeño también construye cultura. Permitir “pequeñas violencias” abre la puerta a las grandes.
- Generar espacios de diálogo intergeneracional. La conversación entre generaciones es una herramienta poderosa al compartir experiencias, contrastar realidades y construir conciencia. No se debe imponer… lo ideal es dialogar.
- La memoria como herramienta preventiva. No se trata de romantizar el pasado, sino de recordar que la inseguridad no siempre fue así. Transmitir esa memoria ayuda a generar referentes distintos en los jóvenes.
México no sólo enfrenta un problema de seguridad. Enfrenta un desafío cultural profundo.
Cuando una sociedad se acostumbra al miedo, pierde algo más que la tranquilidad: pierde la capacidad de imaginar una realidad distinta. Pero hoy, aún existe un puente entre dos versiones de México; el que fue y el que es.
Ese puente somos nosotros. Las generaciones que recordamos otro entorno tenemos una oportunidad única: transmitir no sólo lo que fue, sino lo que aún puede volver a ser.
Porque en el fondo, la pregunta no es si la inseguridad puede cambiar. La verdadera pregunta es si estamos dispuestos a no dejar que se transforme en algo permanente en la mente de quienes vienen detrás.