En seguridad corporativa solemos pensar primero en controles, auditorías, cámaras o tecnología. Sin embargo, una de las herramientas más sencillas puede ser también una de las más efectivas: enseñar a las personas qué observar y cómo reconocer aquello que se sale de lo normal.
El Report to the Nations 2026 de la Association of Certified Fraud Examiners señala que la capacitación para reconocer conductas irregulares puede ayudar a detectarlas más rápido y reducir sus consecuencias económicas.
La tendencia es clara. En 2016, 52% de las organizaciones estudiadas capacitaba a sus empleados y 51% a sus directivos. Para 2026 esas cifras habían aumentado a 67% y 66%, respectivamente. Cuando colaboradores y responsables de gestión habían recibido formación, la pérdida mediana fue de 84 mil dólares, frente a 150 mil cuando ninguno de los dos grupos había sido capacitado.
Tiene lógica. Podemos pasar todos los días frente a una señal de riesgo y no reconocerla. Una relación extrañamente cercana con un proveedor, una factura fuera de patrón, modificaciones repetitivas de documentos o alguien que insiste en controlar completamente determinada operación pueden parecer detalles sin importancia para quien nunca ha aprendido a observarlos.
Lo que no conocemos, difícilmente podemos reconocer.
La capacitación ayuda precisamente a desarrollar ese criterio. El objetivo tampoco debería ser convertir a los trabajadores en investigadores ni generar desconfianza entre compañeros. Se trata de que comprendan los riesgos, identifiquen comportamientos o situaciones inusuales y desarrollen una verdadera cultura preventiva.
En las empresas privadas analizadas por la ACFE, solamente 47% capacitaba a sus empleados en esta materia. Cuando existía formación, la pérdida mediana fue de 71 mil dólares, frente a 193 mil donde no la había. Entre directivos, la diferencia fue de 64 mil frente a 200 mil dólares.
El tiempo también importa. Cuando el responsable era un empleado, los casos tuvieron una duración mediana de 8 meses con capacitación y 12 sin ella; cuando se trataba de un gerente, 12 frente a 18 meses; y en niveles de propietario o alta responsabilidad, 15 frente a 24 meses.
Un viejo principio de prevención podría expresarse así: “Para poder actuar, primero hay que saber qué estamos viendo.”
Cinco acciones pueden ayudar:
- Capacitar a todos los niveles. Desde personal operativo hasta supervisores y directivos.
- Utilizar ejemplos cotidianos. Las situaciones reales se recuerdan mejor que largas definiciones o reglamentos.
- Enseñar qué observar. Cambios en procedimientos, anomalías, conflictos de interés, accesos innecesarios o conductas fuera de patrón pueden adquirir significado cuando sabemos reconocerlas.
- Evitar crear una cultura de sospecha. Observar significa desarrollar criterio, no desconfiar automáticamente de los demás.
- Reforzar periódicamente. Pequeñas cápsulas, recordatorios y casos prácticos mantienen viva la cultura preventiva.
- Capacitar a todos los niveles. Desde personal operativo hasta supervisores y directivos.
Hay además un aspecto humano que a veces olvidamos.
Un colega especializado en prevención de fraudes me comentó alguna vez que, al llegar a una empresa, encontraba cierta resistencia entre los colaboradores. Algunos lo percibían como un auditor que venía a vigilarlos o, peor todavía, como alguien que podía considerarlos de antemano posibles responsables de una irregularidad.
Después de escuchar mi conferencia Aprendiendo a Vivir Seguros, me propuso impartirla antes de iniciar uno de sus programas. El resultado fue completamente diferente. Los colaboradores entendieron primero la prevención como algo que los protegía a ellos mismos, a sus familias y a su organización. Cuando posteriormente apareció el especialista, ya no lo percibieron como un juez, sino como alguien con quien convenía colaborar.
Esa experiencia confirma algo que hemos aprendido durante años: la prevención entra mejor por la conciencia que por la imposición.
Esa es precisamente la lógica de PALADÍN 1·2·3. Antes de entrar a controles especializados, buscamos que las personas desarrollen hábitos de autoprotección, observación y prevención.
Una organización más segura comienza cuando su gente comprende que prevenir también forma parte de su propia seguridad.