Doctorados Humoris Causa

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Cuando el reconocimiento se compra, el prestigio se vende

Durante siglos, los títulos académicos, las distinciones honoríficas y los reconocimientos al mérito han tenido un propósito muy claro: distinguir a personas cuyas contribuciones extraordinarias al conocimiento, la ciencia, las artes, la cultura o la sociedad las hacen merecedoras de un reconocimiento excepcional.

Precisamente por ello, un Doctorado Honoris Causa representa una de las más altas distinciones que puede otorgar una institución académica seria. O al menos así debería ser.

Sin embargo, en los últimos años ha proliferado un fenómeno que merece una profunda reflexión. Organizaciones, institutos, universidades de dudosa procedencia, asociaciones improvisadas y grupos oportunistas han encontrado un negocio extraordinariamente rentable: vender prestigio a quien esté dispuesto a pagarlo.

Y lo más preocupante es que el problema no termina con quienes comercializan estas distinciones. Comienza con quienes las compran.

Porque resulta fácil señalar al vendedor. Más incómodo resulta señalar al comprador.

Después de todo, nadie adquiere un supuesto Doctorado Honoris Causa sin saber que jamás escribió una tesis doctoral, nunca realizó investigación académica relevante, no publicó obra científica alguna y no fue evaluado por una comunidad académica seria.

Nadie ignora que un reconocimiento auténtico se recibe. No se compra.

El mercado de la vanidad

Vivimos una época donde la apariencia suele valer más que la sustancia. Las redes sociales han creado una economía de la percepción. Importa parecer exitoso. Importa parecer influyente. Importa parecer importante, y para algunos, cualquier cosa que contribuya a construir esa imagen resulta aceptable.

Incluso adquirir reconocimientos cuya legitimidad es, por decir lo menos, cuestionable. La fórmula suele repetirse una y otra vez; se ofrece una ceremonia elegante, un diploma vistoso, una toga, una fotografía profesional, un escenario, algunos discursos, una difusión limitada en medios afines y, finalmente, la oportunidad de añadir unas cuantas letras al nombre. “Doctor Honoris Causa.”

El problema es que el cartón puede comprarse. La credibilidad no.

El fraude más peligroso no es jurídico. Es moral.

Algunos argumentarán que mientras exista consentimiento entre quien vende y quien compra, el asunto carece de relevancia. Nada más alejado de la realidad; el daño no se limita a quienes participan en la simulación, también afecta a terceros.

Afecta a ciudadanos que pueden asumir que una persona posee credenciales académicas legítimas. Afecta a clientes que podrían tomar decisiones de contratación basadas en reconocimientos artificiales. Afecta a empresas que utilizan premios, rankings o certificaciones de dudoso valor para construir una reputación inmerecida y afecta profundamente a quienes sí dedicaron años de esfuerzo, estudio, investigación y trabajo para alcanzar auténticos méritos académicos o profesionales.

Cada reconocimiento comprado degrada el valor de los reconocimientos legítimos. Cada premio simulado desprestigia a quienes verdaderamente lo merecen. Cada fotografía con toga obtenida mediante pago erosiona la confianza pública en las instituciones serias.

Los nuevos mercaderes del prestigio

El fenómeno no se limita a los doctorados. También existen premios empresariales que se otorgan a cambio de patrocinios. Rankings que se alimentan de cuotas de participación. Reconocimientos cuya verdadera condición para obtenerlos es cubrir el costo del paquete publicitario correspondiente.

Empresas, profesionistas, consultores y organizaciones aparecen entonces exhibiendo galardones que, más que representar excelencia, representan capacidad de pago.

Aunque legalmente puedan presentarse como estrategias de marketing, éticamente plantean preguntas incómodas. ¿Estamos reconociendo el mérito? ¿O estamos comercializando la apariencia del mérito? Porque existe una diferencia enorme entre ambas cosas.

La verdad siempre termina alcanzando a la simulación

Quienes participan en estas prácticas suelen olvidar un detalle fundamental. El prestigio auténtico resiste el escrutinio. El prestigio artificial no.

Tarde o temprano alguien pregunta. ¿Quién otorgó ese reconocimiento? ¿Bajo qué criterios? ¿Qué institución lo respalda? ¿Qué aportación extraordinaria justificó la distinción? ¿Qué comunidad académica la validó?

Y cuando las respuestas no llegan, la verdad comienza a emerger. Lo que inicialmente parecía admiración termina convirtiéndose en duda. La duda se transforma en sospecha y la sospecha termina afectando aquello que se pretendía construir: la reputación.

El verdadero riesgo de comprar prestigio no es ser descubierto por periodistas o investigadores. Es ser descubierto por quienes más nos conocen. Nuestros colegas, nuestros amigos, nuestra familia, nuestros clientes. Las personas que saben perfectamente quiénes somos, qué hemos hecho y qué no hemos hecho.

Una reflexión necesaria

Quizá el problema de fondo no sea la existencia de quienes venden reconocimientos. Siempre existirán oportunistas dispuestos a comerciar con la vanidad humana. La verdadera pregunta es otra: ¿Por qué tantas personas están dispuestas a participar en la simulación? ¿Por qué alguien preferiría comprar una apariencia de prestigio en lugar de construir un prestigio auténtico?

Porque el reconocimiento legítimo puede tardar años. Exige esfuerzo. Resultados. Disciplina. Contribuciones reales.

El reconocimiento comprado exige únicamente una transferencia bancaria y, precisamente por eso, nunca tendrán el mismo valor.

Cinco preguntas antes de aceptar cualquier reconocimiento

      1. Antes de aceptar un premio, una medalla o una distinción, pregúntese quién la otorga y cuál es el prestigio real de la institución.

      2. Pregúntese cuáles son los criterios de selección y si éstos son públicos, verificables y transparentes.

      3. Pregúntese si el reconocimiento se obtiene por mérito o por capacidad de pago.

      4. Pregúntese si estaría dispuesto a explicar públicamente el proceso mediante el cual fue seleccionado.


Y finalmente, pregúntese algo mucho más simple:

      1. Si nadie viera la fotografía, si nadie leyera el diploma y si nadie pudiera presumir el reconocimiento en redes sociales, ¿seguiría sintiendo el mismo orgullo al recibirlo?


La respuesta a esa pregunta suele revelar más que cualquier ceremonia, porque los verdaderos reconocimientos no engrandecen a quien los recibe. Simplemente hacen visible una grandeza que ya existía.

Todo lo demás es utilería.

Para profundizar en el tema y conocer como operan estos defraudadores recomendamos los artículos: ¿Quiénes venden los doctorados Honoris Causa?, y  De distinción a negocio millonario: así me convertí en Doctor Honoris Causa, publicados por Reporte Índigo.

 

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