Hay temas que un país puede intentar ignorar durante años, pero que terminan imponiéndose por la fuerza de la realidad. La desaparición de personas es uno de ellos.
El reciente informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) sobre desapariciones en México no solamente documenta cifras estremecedoras; también retrata una profunda fractura social, institucional y humana que desde hace décadas acompaña al país.
De acuerdo con el documento, México supera ya las 128 mil personas desaparecidas y no localizadas, mientras que las estimaciones de cuerpos no identificados bajo custodia del Estado rebasan los 70 mil.
Detrás de esas cifras existen historias devastadoras: madres que buscan solas, familias desplazadas, padres que mueren sin encontrar a sus hijos, jóvenes desaparecidos en carreteras, mujeres víctimas de trata, niños reclutados por grupos criminales, migrantes, periodistas, policías, e incluso personas desaparecidas… mientras intentaban buscar a otros desaparecidos.
El informe deja claro algo particularmente doloroso: la desaparición en México dejó hace tiempo de ser un fenómeno aislado o focalizado. Hoy constituye una crisis humanitaria generalizada.
Y quizá uno de los aspectos más inquietantes es que la violencia se ha normalizado tanto, que muchas personas comienzan a mirar estas noticias con resignación, como si fueran parte inevitable del paisaje cotidiano, pero no lo son.
El documento de la CIDH explica cómo esta tragedia se relaciona profundamente con:
- la expansión del crimen organizado,
- la impunidad,
- la debilidad institucional,
- la corrupción,
- y en algunos casos, incluso con la connivencia o tolerancia de agentes estatales.
Resulta especialmente impactante observar cómo ciertas regiones del país concentran altos niveles de desaparición. Jalisco, Estado de México y Tamaulipas encabezan las cifras nacionales.
El informe también señala algo profundamente alarmante: en México desaparecen más niñas que niños, particularmente adolescentes entre 12 y 16 años.
Y detrás de ello aparecen fenómenos extremadamente complejos: trata de personas, explotación sexual, reclutamiento criminal, violencia de género y control territorial por parte de grupos delincuenciales.
Sin embargo, quizá una de las imágenes más dolorosas del informe no tiene que ver solamente con los desaparecidos, sino con quienes los buscan.
México se ha llenado de colectivos ciudadanos y brigadas de búsqueda integradas principalmente por madres, padres, hermanas y familiares que, ante la insuficiencia institucional, han tenido que aprender a excavar, revisar fosas, analizar indicios, recorrer carreteras y buscar restos humanos por cuenta propia.
Es difícil imaginar el nivel de dolor y desesperación que puede llevar a una madre a convertirse en investigadora, rastreadora y perito improvisada para intentar encontrar a su hijo. Aun así, muchas de estas personas continúan enfrentando amenazas, violencia y abandono.
El propio informe reconoce que persisten enormes problemas de falta de coordinación, investigaciones deficientes, impunidad, crisis forense, desconfianza hacia las autoridades y retrasos graves en identificación humana. Pero también deja una reflexión importante:
La desaparición no es solamente un problema de autoridades o fiscalías. Es una tragedia que erosiona profundamente la convivencia social, destruye comunidades y genera miedo colectivo.
Por ello, quizá una de las grandes tareas pendientes como sociedad sea recuperar la sensibilidad frente al dolor ajeno y entender que detrás de cada ficha de búsqueda existe una familia cuya vida quedó suspendida en el tiempo.
Cinco reflexiones y acciones que no deberíamos perder de vista:
- No normalizar la desaparición de personas.
Cada caso representa una tragedia humana irreparable y no una simple estadística. - Apoyar y visibilizar a las brigadas y colectivos de búsqueda.
Muchas familias realizan labores que el propio Estado no ha logrado atender plenamente. - Fortalecer la prevención desde la comunidad y las familias.
La autoprotección, la comunicación y la conciencia situacional siguen siendo fundamentales. - Exigir instituciones más eficaces y transparentes.
La confianza social solo puede recuperarse mediante resultados reales y combate a la impunidad. - Comprender que la seguridad también es reconstrucción del tejido social.
Sin comunidad, empatía y participación ciudadana, ninguna estrategia será suficiente.
- No normalizar la desaparición de personas.
México no puede acostumbrarse a vivir rodeado de fotografías de personas desaparecidas pegadas en postes, bardas y redes sociales.
Porque cuando un país normaliza la desaparición de sus ciudadanos, comienza también a desaparecer lentamente una parte de su propia humanidad.
Conoce el Informe sobre Desapariciones en México, publicado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) 2026.