La modernidad, así como el desarrollo científico y tecnológico extendido gracias a la globalización, han permeado los mercados y a la sociedad en general.
Este gran avance, sin embargo, ha ocasionado para muchos, en mayor o menor medida, una terrible pérdida: la de la espiritualidad.
Hablar de espiritualidad, es hablar de las motivaciones y aspiraciones genuinas del ser humano desde el orden del espíritu.
Aunque para muchos el tema incluye un componente religioso, la espiritualidad puede y debe ser vista como un componente en sí, integrado a otros componentes físicos, psicológicos y sociales, vinculado al ser humano como “el significado y el propósito” de su vida.
Las nuevas formas de vivir, pensar, sentir, actuar, organizarnos y comunicarnos han ocasionado, en su vertiginosidad, que nos alejemos de lo espiritual y nos concentremos mayormente en lo material, en un mundo donde nos cosificamos incluso como personas y en el cual, prácticamente, todo está a la venta para el mejor postor.
Para muchos, más allá del significado y propósito de sus vidas dentro del deber ser, sus aspiraciones giran en torno, simplemente, a sus posesiones y su poder. En ese sentido, muchas personas se han extraviado en el camino y, ante el afán de alcanzar sus aspiraciones, incurren en conductas antisociales o en la franca comisión de delitos.
Al observar la violencia criminal y la facilidad con la que los delincuentes arrebatan la vida a otros que atentan contra sus fines o las atrocidades cometidas por sicarios, si bien nos horroriza su sangre fría, su poca o nada empatía y su saña terrible, valdría la pena detenernos y observar, para comprender, cuando y por qué perdieron -si alguna vez la tuvieron- su espiritualidad.
Cuando, por el contrario, observamos a las personas de bien, podremos reconocer que poseen, ante todo, una formación espiritual que, independientemente de sus creencias religiosas, les han sido inculcados principios y valores suficientes para motivarlos a trascender, más allá de su propio ser, ofreciendo su solidaridad y apoyo en beneficio de los demás.
Esa misma espiritualidad conforma un importante escudo para evitar que una persona sea cooptada y arrastrada por otras hacia una vida “fácil”, realizando labores que muy probablemente, en algún momento, pisarán el terreno de la ilegalidad.
Haz un alto en tu camino y reflexiona respecto de tu espiritualidad y la de los tuyos. Quita de enfrente por un momento el tema religioso y reconoce si tu vida, y la que le estás inculcando a tus seres queridos, posee un significado y un propósito que les permita trascender como seres humanos.
Si es así, felicidades. En caso contrario, vale la pena que busques recuperar la espiritualidad de una u otra manera, con o sin religión, pues en el mundo, hoy más que nunca, hacen mucha falta personas espirituales y, gracias a esa espiritualidad, podremos apostar a vivir todos con mayor seguridad.