“Esta polarización genera una falta de unidad nacional mínima y dificulta la atracción de inversiones.”
Licenciado en Sociología, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Maestría en Economía y Política Internacional, Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), México. Doctorado en Estudios Latinoamericanos, UNAM.
Miembro del Sistema Nacional de Investigadores en México. Investigador del Centro de Investigaciones sobre América del Norte de la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM.
Ha sido profesor de la Universidad de Columbia en Nueva York, de la Universidad Americana de Washington, del Centro de Estudios Hemisféricos de la Defensa de la Universidad Nacional de la Defensa de Estados Unidos. Investigador visitante del Woodrow Wilson Center, Washington.
Presidente del Colectivo de Análisis de la Seguridad con Democracia. A.C. (CASEDE). Sus escritos se centran en teoría de conflictos y negociaciones de paz, geopolítica y seguridad nacional de México, y seguridad en América del Norte.
Entre sus publicaciones están: La teoría militar y la guerra civil en El Salvador, UCA Editores, San Salvador, 1989; Mexico and the New Challenges of Hemispheric Security, Washington, D.C., 2004, y es coeditor de los libros El Rompecabezas. Conformando la seguridad hemisférica en el siglo XXI, Universidad de Bologna, Buenos Aires, 2006, y Atlas de la Seguridad y la Defensa de México, 2009, 2012, 2016 y 2020, CASEDE, México.
Multicrisis global
En el presente ensayo se describen las principales variables que están afectando a México, producto de los la crisis de los equilibrios globales, geopolíticos y geoeconómicos entre 1990 y 2024.
En síntesis, se debilita el liderazgo Occidental, y emerge un liderazgo Asiático, sostenido desde la fuerza de las economías de países como China, Japón, la India, Corea del Sur, Singapur, entre los más importantes.
México vive una “ambigüedad estratégica”. Esto debilita la seguridad nacional por la presencia de proyectos -supuestamente no compatibles- e ideologías polarizadas.
Un polo, desprendido de la fuerza política predominante, el partido MORENA, se sostiene en un amplio respaldo popular, pero en débiles estructuras económicas. El respaldo económico fundamental es el sector estatal de la economía, aun fuerte, encabezado por la industria energética como el petróleo, la electricidad, el abasto popular de los alimentos básicos de la población, así como las obras de infraestructura estratégica impulsadas entre los años 2019 y 2024.
El polo no estatal se sostiene en una amplía industria manufacturera privada nacional y trasnacional, acuerdos económicos estratégicos como el T-Mec, sujeto a próxima ratificación en 2026, flujos económicos privados que provienen de la comunidad de mexicanos que viven en Estados Unidos, flujos turísticos privados cuyo origen son los países del mundo “occidental”, principalmente. Este sector alimenta la economía del gobierno a través de la estructura fiscal.
Hay una simbiosis estructural entre ambos polos, uno depende del otro, pero ambos viven una especie de “guerra de baja intensidad”, en discursos “amigo” versus “enemigo”. Esto ha sido impulsado por el presidente López Obrador, como forma -exitosa- que ha fortalecido la parte política del polo estatal, y ha sido asimilado por el sector privado nacional como un “riego”.
Aparecen fantasmas como el “espejo” de Venezuela. El polo estatal sostiene que se acelera la máquina económica hacia el primer mundo, y el sector no estatal afirma que se va irremediablemente hacia un estado fallido, de nacionalizaciones futuras, y de escenarios catastróficos como el que vive la nación bolivariana. Esto provoca debilidad de la seguridad nacional.
Sin embargo, la principal fragilidad proviene de las entrañas del país. Territorios sin control, ocupados por fuerzas criminales a las que discursivamente se le han tendido abrazos, y cuyo avance debilita la posibilidad de que la fuerza del capital nacional e internacional pueda invertir con seguridad policiaca, jurídica y garantizada con eficacia por el gobierno federal.
No hay unidad nacional mínima, con proyectos de consenso que no se ataquen uno al otro y que no se vea al otro como el futuro causante de la catástrofe.
En términos geoeconómicos, el Estado y el sector privado nacional e internacional viven de las tendencias de la economía global, por ejemplo, el discurso del futuro de México derivado de un incierto “nearshoring”, en el que ambos polos aspiran a que se concrete.
Actores decisivos, públicos y privados, como los que se originan en China, y privados multinacionales, como los que se desprenden de Estados Unidos, Canadá y Europa, principalmente, son los que determinarán el futuro económico del país. Estos actores económicos externos “observan” lo que sucede en el país. Esperan una mínima reconciliación de las partes polarizadas en lo ideológico, que se supone podría darse con el cambio de gobierno a partir del primero de octubre de 2024.
Las declaraciones de actores internacionales fundamentales, como las de los embajadores de Estados Unidos y Canadá, llevan al gobierno a trasladar la polarización interna al exterior. El gobierno de México, siguiendo con la extraña puesta “en pausa” de relaciones con España desde 2019, y posteriormente con Perú y Ecuador, y ponen en riesgo todo el proyecto de impulsar el crecimiento el país, por reales u supuestas “desconfianzas”, que podrían poner en peligro los acuerdos comerciales principales.
Esto se agravaría si Donald Trump ocupara la silla presidencial en Estados Unidos el 20 de enero de 2025.
En América Latina, los dos grandes del subcontinente, México y Brasil, a pesar de ideologías y simpatías entre sus líderes, tienen una muy diferente proyección global. Mientras Brasil recupera rápidamente su liderazgo geopolítico y geoeconómico bajo la conducción de su presidente Lula da Silva, México no sabe a dónde ir.
Es la ambigüedad estratégica. A la diplomacia mexicana se le alimenta de pasividad, sostenida supuestamente en una lectura literal de la Constitución de 1917, y su artículo 89, donde la “neutralidad” y la “no intervención”, sacan al país del ajedrez global.
A veces hay que opinar e intervenir, buscando un ambiente mejor para el mundo. Hay que fortalecer los organismos internacionales, pues no tenemos la fuerza que si tienen las superpotencias. México puede influir, pero no opinar -por ejemplo, con lo que sucede en Venezuela- pone al país como enano internacional.
El tamaño de la economía de México, su territorio y el tamaño de su población, ubica al país entre las posiciones 10 y 15 de los rankings mundiales. En diplomacia activa se está “no rankeado”, en la banca. Países con el 10 por ciento o menos de las capacidades de México, como Chile, Singapur, Holanda, muchos países, el Medio Oriente y la mayoría de los asiáticos, son mucho más activos e influyentes en el sistema global, geopolítico y diplomático. Nos ven de acuerdo a las imágenes deformadas del país a través de Netflix: un país dominado por los narcotraficantes.
La seguridad nacional se debe diseñar con coherencia, está obligada a incluir a todos los actores positivos: privados, estatales e incluso a los internacionales que tienen intereses reales en México, como las superpotencias globales como las de América del Norte, Europa y Asia.
El primer paso es la despolarización política interna, le sigue la recuperación de la confianza del exterior, política, jurídica, económica y diplomática, se deben neutralizar de las imágenes de debilidad y de crisis como país ocupado por fuerzas obscuras, como la que proyecta Netflix, y se deben superar pausas y pasividades no intervencionistas que nos debilitan en el concierto internacional.
La "ambigüedad estratégica" debilita la seguridad nacional de México al mantener polarizados dos polos ideológicos: uno estatal, basado en una estructura económica estatal liderada por sectores como la energía y obras de infraestructura; y otro privado, sustentado en la industria manufacturera y acuerdos como el T-MEC.
Esta polarización genera una falta de unidad nacional mínima y dificulta la atracción de inversiones debido a la inseguridad jurídica y policiaca. Además, la narrativa de "amigo" versus "enemigo" entre estos polos profundiza la desconfianza interna y externa, limitando el desarrollo económico.
La polarización interna proyecta una imagen de inestabilidad que afecta la confianza de actores internacionales clave, como los provenientes de Estados Unidos, Canadá, Europa y Asia. La falta de reconciliación política y los conflictos discursivos transmiten una sensación de riesgo, lo que puede desalentar inversiones extranjeras y acuerdos comerciales.
Además, estas tensiones internas se trasladan al ámbito diplomático, como se evidencia en la "pausa" de relaciones con países como España, Perú y Ecuador, perjudicando los proyectos de crecimiento económico del país
Los organismos internacionales como la ONU enfrentan un desgaste significativo en su capacidad de mediar conflictos globales debido a su falta de eficacia en conflictos prolongados como la guerra civil en Siria o las tensiones entre superpotencias.
Estas debilidades resaltan la necesidad de una política exterior mexicana más activa y participativa que no se limite a la neutralidad establecida por la Constitución de 1917. Sin embargo, la pasividad actual de la diplomacia mexicana debilita su influencia global y su capacidad de incidir en soluciones que beneficien al país y a la región.
México podría fortalecer su posición geopolítica y diplomática, adoptando una estrategia activa que incluya la despolarización interna y la recuperación de la confianza de actores internacionales.
Además, es fundamental neutralizar las imágenes negativas difundidas en plataformas globales como Netflix, que presentan al país como dominado por narcotraficantes.
Esto requiere una política exterior más proactiva y un fortalecimiento de la cooperación internacional para proyectar una imagen de estabilidad y seguridad.
Los pasos concretos incluyen:
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