Inteligencia social

El bien común es el principal factor en seguridad

OPINIÓN DE ACADEMIA

Carlos Rodríguez Ulloa

“Una sociedad debe saber cómo interactuar entre sí.”

Carlos Rodríguez Ulloa

Licenciado en Relaciones Internacionales, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM. Graduado del Centro de Estudios Hemisféricos y de Defensa (CHDS), Washington, D.C. Maestro y Candidato a Doctor en Ciencia Política y Administración Pública, Universidad de Barcelona (UAB).

Beneficiario del Global Consortium for Security Transformation (GCST), FLACSO-Chile. Asistente de Investigación en el Woodrow Wilson International Center for Scholars, Institute for National Strategic Studies, National Defense University (INSS-NDU), Washington, DC, Centro de Investigaciones sobre América del Norte (CISAN-UNAM) y el Colegio de la Frontera Norte, (COLE-México).

Ha sido Perito Especializado en Delincuencia Organizada ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos (San José, Costa Rica, 2018). Profesor de Inteligencia Policial para la Procuraduría General de Justicia (PGJ-CMDX 2018) y Policía Federal (PF-SEGOB 2018). Subdirector en el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN) (2009-2014).

Es Miembro del Colectivo de Análisis de la Seguridad con Democracia A.C: (CASEDE). Actualmente, se desempeña como Consultor Independiente en temas de seguridad e inteligencia.

Desafortunadamente, hay una escasa cultura de seguridad e inteligencia que lleva a que muchas de las percepciones colectivas se alimenten de nociones creadas por los medios de comunicación, las grandes producciones de series y cinematográficas, así como por la enorme caja de resonancia de las redes sociales. Cayendo en lugares comunes que distorsionan las funciones y los alcances de la inteligencia en la realidad.

En general, los temas de Inteligencia son poco revisados en México, a excepción de las instituciones de seguridad tanto en el área civil como militar y de un puñado de académicos y consultores especializados. Esta característica “de nicho” ha generado poca literatura académica del tema, por lo que hay pocos análisis y ejemplos que revisen la aplicación de metodologías de inteligencia en la sociedad (Herrera Lasso, 2022).[1]

Uno de los autores más reconocidos en temas inteligencia es Mark Lowenthal (2003), quién define inteligencia como: “el proceso por el cual tipos específicos de información relevante para la seguridad nacional son solicitados, recolectados, analizados, y entregados al político; los productos de dicho proceso; el resguardo de los procesos y esta información por medio de las actividades de contrainteligencia; y la realización de operaciones solicitadas por autoridades legales.”[2]

En México, la inteligencia está definida en la Ley de Seguridad Nacional que en su artículo 29 dice a la letra “Se entiende por inteligencia el conocimiento obtenido a partir de la recolección, procesamiento, diseminación y explotación de información, para la toma de decisiones en materia de Seguridad Nacional.”[3] (DOF 2005).

Al igual que pasa con diversos términos de ciencias sociales, no hay definición absoluta y consensada sobre el término de inteligencia, por lo que se retoman distintos elementos de acepciones clásicas, se entiende por inteligencia: a la información elevada al grado de conocimiento; y a la actividad hecha por una agencia especializada que cuente con métodos y procedimientos definidos, que genere productos útiles para la toma de decisiones, que todo este proceso tenga un carácter reservado y que observe la seguridad de todo el proceso y productos.

Así, mientras la inteligencia está más concentrada en agencias especializadas y maneja métodos y procedimientos de carácter reservado, la inteligencia social es una metodología de incidencia social, realizada por actores públicos o privados y que persigue construir un ambiente de información que avance en la construcción de un tejido social más denso que sea benéfico para las partes involucradas y genere zonas o comunidades más estables.

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[1] Una notable excepción es el libro “Retos y Oportunidades de la Inteligencia en México”, coordinado por Luis Herrera Lasso. (Herrera Lasso, 2022)

[2] Mark Lowenthal (2003), Intelligence. From secrets to policy, CQ Press, Washington, D.C. p.8

[3] Diario Oficial de la Federación (2005), Ley de Seguridad Nacional, México, p. 8

El concepto de Inteligencia social tiene múltiples acepciones según el campo de estudio, el más conocido es el de la Psicología dónde Karl Albrecht la identifica como “la capacidad de llevarse bien con los demás y conseguir que cooperen entre sí (…) una mezcla del entendimiento básico de las personas -una especie de percepción social estratégica- conjugada con una serie de capacidades para interactuar adecuadamente.” (Santader 2024).

Esta concepción psicológica tiene un importante aspecto de aplicación colectiva “A nivel grupal, inteligencia social es lo que nos permite funcionar como humanos. Somos seres sociales y confiamos en la cooperación entre nosotros. Al entendernos nosotros mismos con otras personas, podemos encontrar maneras de colaborar por el beneficio mutuo.” (Positivity project 2016)

Estas perspectivas nutren la acepción en las tareas de la inteligencia, donde desde una perspectiva multidisciplinaria se entiende la Inteligencia Social como la capacidad de los agentes y analistas para comprender y manejar las dinámicas interpersonales y culturales dentro de sus entornos de operación y entre las personas con las que interactúan; además de establecer mecanismos de recolección de información principalmente humana que sean puntualmente emitidos y procesados específicamente sobre la información pertinente a la comunidad con impacto en la organización.

Para ello, se contemplan habilidades personales como Interpretación de comportamientos y motivaciones que permita al individuo ser capaz de identificar y entender las intenciones, emociones y posibles acciones de individuos o grupos en base a alertas tempranas, señales sociales, contextos culturales o patrones de comportamiento. Establecimiento de relaciones personales que implica construir relaciones de confianza con actores y líderes locales, aliados y/o rivales que sea útil para la recolección de información.

Tener la capacidad de adaptarse a diferentes entornos culturales que le permita al agente entender las normas, costumbres y sistemas de valores de diversas sociedades para poder operar eficazmente en contextos sociales distintos locales, regionales e internacionales. Empleo de comunicación efectiva y así poder tener la capacidad de dialogar, interactuar e idealmente influir, negociar y persuadir a personas de interés para el tema y área de acción de la organización para obtener información, asegurar cooperación, reducir conflictos y obtener los resultados óptimos a nivel local.

Comprender cómo se organizan los individuos y cuáles son las motivaciones y mecanismos que permiten la formación de las dinámicas de grupo y evaluar cómo estas interacciones pueden incidir y ser aprovechados para los objetivos de la organización; convirtiendo a la Inteligencia Social en una habilidad clave para incidir en ambientes complejos y sensibles donde se conjuntan comprender el comportamiento humano y la interacción colectiva en un contexto social determinado.

México vive una severa crisis de seguridad como lo muestran algunos datos de enero a diciembre de 2024 se cometieron 29, 820 asesinatos según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), mientras que en 2023 se cometieron 33,226 delitos por cada 100,000 habitantes que implicó costos economícos altísimos de 381,7 mil millones de pesos mexicanos, equivalente a poco más de 18,680 millones de dólares estadounidenses.

Más allá de estas terribles y escandalosas cifras, México vive, en palabras de Claudio Lomnitz un “tejido social rasgado” donde “se han deshecho las relaciones de dependencia más íntimas, y con ellas, se ha debilitado la comunidad”. La tela es la “metáfora de la idea de comunidad que (…) resalta la interdependencia como la característica medular de lo social, (y) sugiere también su delicadeza. Además de invocar el apoyo mutuo y la reciprocidad, la imagen de “tejido social” hace pensar en la fragilidad de los lazos sociales que, al ser como hilos, se pueden romper fácilmente.” (Lomnitz, 2022).

Subraya también que “la comunidad se basa en relaciones de complementariedad y no de igualdad, que las relaciones comunitarias se desarrollan de la mano de mecanismos de mediación, compensación e intercambio. La imagen de las relaciones comunitarias como un tejido social exalta tanto la fuerza como la fragilidad de esa interdependencia.” (Lomnitz, 2022).

Sin duda, la institución que ha profundizado en el análisis y la práctica de construcción de paz es la iglesia católica mexicana que en 2023 organizó un diálogo nacional por la paz en la ciudad de Puebla, donde las autoridades eclesiásticas propusieron un Acuerdo Ciudadano por la Paz en México que resume muy bien los principios de construcción de paz: “estamos convencidos de que es posible construir la paz, que podemos vencer las dinámicas de violencia y de destrucción del tejido social, sabiendo que no hay soluciones fáciles.

La paz es un trabajo conjunto en distintos niveles y con todos los sectores sociales. Implica la suma de voluntades, la coordinación de esfuerzos y la generosidad de todos para vencer el miedo que nos afecta ante la indolencia y la ineficacia de las autoridades, que no se han ocupado de su principal tarea de procurar la unidad, la seguridad, la justicia y la paz del país.” (Dialogo Nacional por la Paz, 2023)

Entonces, si partimos de que México está en una grave crisis de seguridad y que una de las principales razones de esta crisis es que se vive una situación de “tejido social rasgado” dónde se han quebrantado las bases de la relación comunitaria en el país, se destaca la importancia de implementar proyectos que abonen en la construcción de capital social a nivel local y regional, con la firme convicción de que la paz se construye desde las comunidades y requiere la convergencia de actores locales, tanto públicos como privados, para lo cual la inteligencia social es una herramienta probada y exitosa.

Sí, la Consultoría GESECO Intel realizó en 2021 en el estado de Guanajuato un proyecto de inteligencia social con una empresa agrícola de la cual surgió un estudio de caso (Herrera Lasso 2025 en prensa). En 2020, el estado enfrentaba una crisis de seguridad pública, un aumento alarmante de la incidencia delictiva en delitos de alto impacto, como el homicidio doloso con un aumento del 20.15%, secuestro con el 17.40% y narcomenudeo, con un 57.13%.

Uno de los principales factores fue la incursión territorial de grupos criminales dedicados al narcotráfico, atraídos por la posibilidad de involucrarse en el negocio de la venta ilícita de hidrocarburos y a principios del 2020 la expansión hacia el norte del estado por parte de estos grupos generó una oleada sin precedentes de asaltos, robos a casa hogar y venta de droga en escuelas y espacios recreativos dentro de las localidades.

Esta situación afectó de diversas formas a las empresas agrícolas de la región. Primero, una parte importante de su personal reportó ser víctima de estos delitos, lo que generó cambios en los horarios de entrada y salida a los invernaderos, rotación semanal de personal, padres de familia solicitado para el cuidado de sus hijos en edades tempranas. Segundo, los empresarios comenzaron a ser víctimas de extorsión telefónica por parte de estos grupos y a recibir amenazas en caso de no acceder a sus demandas.

La consultoría elaboró diagnósticos, planes de seguridad y prevención de riesgos corporativos con base en inteligencia proveniente de los trabajadores de la empresa de las comunidades donde éstos viven y transitan. En el caso de esta empresa, el objetivo de la estrategia fue desarrollar un modelo de gestión colectiva de riesgos, basado en mecanismos de interacción entre sus áreas de seguridad y responsabilidad social con líderes comunitarios y autoridades de diferentes órdenes de gobierno.

Para alcanzar este objetivo, la consultoría empleó en dos ejes: el primero, basado en el desarrollo de capacidades en ambas áreas, de forma independiente, dotándoles de una metodología común para analizar los factores externos (contexto), establecer políticas de seguridad con participación social y articular al equipo directivo y operativo para la solución de problemas. En paralelo, el segundo eje se orientó a la construcción de confianza y a la vinculación del área de responsabilidad social con prácticas de fortalecimiento comunitario que ya existían en las localidades, encabezadas por iglesias, escuelas y asociaciones vecinales.

Así, el proyecto se diseñó en 5 fases de trabajo: diagnóstico, el fortalecimiento de sistemas de seguridad e inteligencia, sensibilización de personal, vinculación con las comunidades y seguimiento. Una parte importante se orientó a que el personal de la empresa se apropiase de conceptos, planes y protocolos de seguridad física y el funcionamiento de esquemas de inteligencia. Este aspecto es clave, ya que, para cualquier estrategia de vinculación social, es preciso que el personal estratégico desarrolle un sentido de responsabilidad hacia las comunidades a las que pertenecen, con base en un lenguaje común.

Fue significativo el interés, la sensibilidad y disposición de la Alta Dirección de la empresa para trabajar con seriedad en las acciones necesarias para construir y modificar esquemas de trabajo dentro de la propia empresa. Especialmente, las capacidades de diálogo, comunicación y prevención de riesgos a todos los niveles, este factor es determinante para que cualquier iniciativa empresarial pueda prosperar y ser sostenible en el tiempo.

Otro elemento distintivo de esta experiencia fue la temprana identificación de oportunidades de vinculación entre la empresa con las comunidades vecinas. La construcción de confianza es uno de los retos más importantes en proyectos que buscan generar un cambio de comportamiento y afinidad entre diferentes sectores. El consenso sobre la urgencia de acciones colectivas de prevención de violencia y protección fue determinante para el acercamiento entre el sector privado, la sociedad organizada y autoridades.

Sí se podría replicar, de hecho una de las propuestas más serias y más ambiciosa es la liderada por la Secretaría de Educación, Ciencia, Tecnología e Innovación de la Ciudad de México (SECTEI) que inicio al proyecto Red ecos, que convoca a instituciones educativas y de investigación a entender un problema y proponer políticas públicas. Este modelo retoma una propuesta de Construcción de Paz que se llevó a cabo en la región de La Laguna (Coahuila y Durango) y que ha sido sistematizada y dado seguimiento por el Seminario de Violencia y Paz de El Colegio de México (Aguayo y Peña, 2021).

Sergio Aguayo y Rodrigo Peña hacen un excelente recuento de mejores prácticas de construcción de paz en su texto: Construyendo la paz. Análisis comparativo de la contención del crimen organizado en Chicago, Sicilia y La Laguna (2021). En el que ordenan la evolución de la construcción de paz en tres etapas: la coexistencia entre un grupo criminal y la incipiente respuesta social, el punto de quiebre asociado a un hecho particularmente violento y la aplicación de estrategias públicas consensuadas entre Estado y sociedad civil con un final exitoso.

Los autores identifican “la importancia de la participación de seis actores sociales para contener los estragos de grupos criminales violentos: empresarios, medios de comunicación independientes, colectivos de víctimas, organismos de la sociedad civil, grupos religiosos y académicos. Su influencia puede transformarse en política pública cuando se enlaza con los funcionarios públicos comprometidos”.

Finalmente, de la comparación de Chicago, Sicilia y La Laguna se identifican aspectos afines, “como la comunión de visiones y voluntades de la sociedad civil y las autoridades para disputar la legitimidad política local al grupo criminal. (y) algunas similitudes en la forma de reducir la violencia y la gobernanza criminal.”

“En primer lugar, en las tres instancias hubo un grupo criminal dominante dedicado a actividades ilícitas que contaba con el respaldo de una parte de la sociedad organizada para crear una autoridad criminal de facto. En otras palabras, había gobernanza criminal a nivel local. (…) La segunda similitud es que la hegemonía del grupo criminal local supuso la existencia de un sistema que determinaba el tipo y la forma de las relaciones sociales locales. Dicho esto, también influyeron factores nacionales y globales.”

“Finalmente, hay presencia de un movimiento social que, aliado con la autoridad legal, contrarrestó la gobernanza criminal. Es decir, en los tres casos ocurrió una construcción, densificación y consolidación de capital social positivo, inspirado y diseñado para disminuir la gobernanza criminal dominante y el capital social negativo que produjo en cada caso.”

“Esta confluencia de actores permitió la creación de islotes de paz: polígonos geográficos donde hay relaciones sociales que privilegian el respeto a los derechos humanos y al Estado de derecho. En otras palabras, capital social positivo. Estos espacios generan una legitimidad propia que se expande y crea geografías de paz donde se construyen resistencias más amplias a la gobernanza criminal, que incluye la complejísima relación con aquellas personas y grupos de la comunidad que simpatizan con o respaldan a los criminales.”

Manual de Seguridad - Emblema

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