Seguridad escolar

Consideraciones para implementar un plan
Gerardo de Lago

“La prevención, es la única manera de llevar la protección de nuestros hijos en sus centros de estudios, un paso adelante de los riesgos a los que se enfrentan”

Gerardo de Lago Acosta

Químico Fármaco Biólogo, Universidad La Salle, México. Maestría en Tecnología Farmacéutica, Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey. Maestría en Justicia Criminal con Énfasis en Seguridad Nacional (Homeland Security), Universidad de Phoenix, EE. UU. Diplomado en Seguridad Integral (DSI), Universidad del Valle de México.

Profesional Certificado en Protección (CPP) y Protección Ejecutiva, ASIS INTERNATIONAL. Entrenado en Protección Ejecutiva, R.L. Oatman. Certificado en Operaciones contra Incendios, Universidad de Texas A&M, en Project Management por Covey y en Risk Management Certification por Procter & Gamble. Manejo y Negociación de Secuestros, GardaWorld, Londres. Instructor A.L.I.V.E. de reacción ante el escenario de Tirador Activo, MPS Security & Protection, EE. UU.

Durante 15 años se desempeñó como Gerente de Relaciones Laborales, de Producción, de Administración de Riesgos y de Seguridad para Latinoamérica Norte en una empresa global de bienes de consumo. Posteriormente y durante una década, fue Director de Seguridad para Latinoamérica de una organización educativa con operación en 9 países, atendiendo a una población de más de 450,000 alumnos.

Actualmente, se desempeña como Socio Director & Presidente de una importante firma Latinoamericana especializada en consultoría con operaciones en todo Latinoamérica.

La seguridad escolar, hoy en día, debe definirse tomando como ejes rectores dos responsabilidades ineludibles. La primera es el proteger al alumno, como individuo independiente, de las amenazas que lo rodean; y la segunda, no menos importante, el proteger a la comunidad educativa en general, incluso de los alumnos (individuos) que la componen, si éstos representaran una amenaza para ésta.

Los riesgos escolares no se limitan hoy en día a las amenazas que provienen de los alrededores del centro educativo, sino que se tienen que considerar riesgos como el fácil acceso a las drogas, el acoso o "bullying", la violencia en el noviazgo (física y psicológica) y el abuso infantil. La seguridad escolar tiene que llevarse a cabo en un esfuerzo conjunto entre las autoridades escolares (incluidos de manera muy importante los docentes), los padres de familia y los mismos alumnos. Un elemento primordial es la comunicación con los alumnos, incluyendo la temprana explicación de los riesgos con los que se pueden encontrar.

Por otro lado, las instituciones educativas deben asumir su responsabilidad social y ser parte activa del consejo vecinal. Es decir, ocuparse de hacer sinergia con las personas en su entorno y las autoridades, de manera tal que, incluso fungiendo como anfitrión y aportando un sitio idóneo para llevar a cabo las reuniones para el establecimiento de programas de seguridad vecinal, logren minimizar los riesgos de incidencia delictiva, venta ilegal de alcohol, drogas, prostitución que pudieran darse en el entorno.

Estamos viviendo tiempos muy sensibles en materia de seguridad y eso facilita que podamos llevar el tema a las aulas, sin embargo, es preciso dejar de pensar que "tenemos que proteger a nuestros hijos, a través de que no lo sepan", ya que "es demasiado fuerte el tema", lo mejor será aprovechar la ola de información mediática que llega a los alumnos, para discutir de manera informada respecto de los alcances y consecuencias de la inseguridad. La energía juvenil bien canalizada puede provocar un efecto en cadena que a su vez cambie la cultura de cualquier centro educativo y a la vez permear a las familias de estos alumnos y desde luego a la sociedad en su conjunto.

Las experiencias vividas en centros educativos alrededor del mundo tales como: aumento de la drogadicción, tiroteos entre bandas o realizados por alumnos que fueron abusados por largo tiempo, incendios donde no hubo un plan de emergencia claro y efectivo, pequeños que fueron víctimas de abusos sexuales por aquellos adultos que debían "protegerlos", incluso padres de familia molestos que han herido seriamente a alumnos o incluso asesinado a maestros, nos han llevado a repensar los sistemas y procesos de seguridad implementados y a cuestionar la manera en como protegemos a la población estudiantil.

El resultado muestra que no podemos pensar en que la escuela es un lugar "blindado" que significa una burbuja impenetrable de protección para el alumno, esto nos ha llevado a redefinir los sistemas de seguridad en dos grandes grupos, aquellos que se enfocan en las amenazas que provienen del exterior del plantel y aquellas que se generan dentro del mismo, como parte de la interacción diaria de la comunidad educativa.

Por desgracia durante mucho tiempo dejamos la decisión de los estándares de seguridad escolar a las autoridades educativas de cada plantel, las cuales no contaban con la instrucción necesaria para establecer los programas adecuados o en muchos casos, su costo provocó que no lograran un nivel alto de prioridad.

Hoy en día los programas de seguridad consideran estrictos sistemas de control de acceso, revisión continua de las pertenencias de los alumnos para detectar elementos nocivos (armas de fuego, punzocortantes, pornografía, droga), sistemas de vigilancia electrónica (CCTV), supervisión policial de los alrededores, monitoreo remoto de los sistemas de transporte del alumnado y, en algunos casos más avanzados, programas proactivos de disuasión de adicciones que incluyen la participación de los alumnos en pruebas "antidoping" y el uso de canes entrenados para la detección de narcóticos y armas.

A pesar de la aceptación de la necesidad de este tipo de programas, su implementación en muchos planteles ha sido lenta (y en algunos casos nula) debido a varios factores, siendo el primero, pero no el más importante el tema de los presupuestos que no incluían a la seguridad de manera formal; no obstante, aun en aquellos planteles donde el presupuesto existe o puede manejarse, la principal barrera es la idiosincrasia y la falta de conocimiento de las autoridades educativas y en algunos casos incluso de los padres de familia.

El temor a hablar abiertamente de temas como la droga, el sexo precoz o la existencia de acoso o "bullying" en los planteles, lleva a las autoridades a preferir voltear la cara y no enfrentar el tema por miedo a la opinión de los padres de familia, la comunidad de escuelas o incluso el mismo alumno.

Hasta hace muy poco veíamos, con demasiada frecuencia, que las buenas intenciones de que la situación se iba a mejorar "sola" era la estrategia de muchos directores de plantel, de que si "no sucedía adentro" no era problema de ellos. Hoy ¡ESO NO RESULTA SUFICIENTE!, necesitamos un trabajo en equipo entre autoridades y padres de familia para tomar el tema de frente por el bien de los alumnos.

La última pieza de este rompecabezas es la apatía social derivada de los insultantes niveles de impunidad y la corrupción policiaca, donde encontramos a víctimas y sus familiares que no desean denunciar al vendedor de droga, al asaltante o al acosador porque "no pasa nada", y si no estimulamos el desarrollo de la cultura de denuncia y de cohesión social en contra de estas amenazas, no podemos esperar un ambiente sano y seguro para nuestros niños.

Como sociedad y como padres de familia preocupados por la seguridad de nuestros hijos, tenemos que pensar en que si nos dedicamos a reaccionar ante las amenazas, siempre estaremos un paso atrás de estas. La prevención es la única manera de poder llevar la protección de nuestros hijos, un paso adelante de los riegos a los que se enfrentan.

Hoy en día las amenazas a las que se enfrentan los alumnos en muchos casos se generan en la banca de al lado: la droga recreativa, el alcohol en la fiesta del amigo de clase con el padre permisivo, el sexo precoz incitado por la gran cantidad de información y estímulos de los medios y del Internet; es por esto que los centros educativos tienen que adoptar URGENTEMENTE el rol de informadores confiables para poder prevenir a los alumnos respecto de lo que se pueden encontrar y de las consecuencias de participar.

El robo (de teléfonos móviles, reproductores, de música portátil, de laptops, etc.), la venta de droga, el acoso a los "inadaptados", el abuso del alcohol con fines sexuales y las amenazas al cuerpo docente entre muchas otras, son cosas que suceden a diario en los centros educativos. No obstante, las escuelas están reaccionando hasta que se presenta una sobredosis, una violación o un arma de fuego que se dispara en un salón y un alumno termina (en el mejor de los casos) hospitalizado y la escuela escandalizada por el hecho.

Hoy no debemos continuar con la idea de que no podemos tocar el asunto, porque entonces lo fomentamos, necesitamos que en las familias y en los salones de clase se hable de los temas más urgentes para proteger a los alumnos:

  • Drogas: su disponibilidad, efecto y consecuencias.
  • Sexo Precoz: las enfermedades asociadas y el impacto de un embarazo no deseado.
  • El hurto menor: el círculo vicioso del "dinero fácil" y su escalada hacia delitos mayores.
  • El acoso o "bullying": su impacto social de corto y largo plazo, su liga con trágicos incidentes.
  • Las armas: la falsa sensación de protección y la facilidad con la que pueden llevar a la cárcel.

El objetivo final es el de proveer a los alumnos escuelas "sanas y seguras" para que en ese ambiente puedan estudiar y desarrollar su capacidad al máximo, esto será posible si se tienen por lo menos los siguientes programas implementados:

  • Control de Acceso.
  • Disuasión de Adicciones y desórdenes de dieta.
  • Detección y desintegración de bandas (pandillas).
  • Protección del Perímetro (alrededores).
  • Investigación de hurto menor.
  • Líneas anónimas de denuncia.
  • Programas de involucramiento de padres de familia.
  • Responsabilidad con el alcohol y vehículos automotores.

El objetivo es crear un ambiente donde se tome de frente la problemática y se trabaje no solo en su prevención, sino también en la investigación de incidentes con el objetivo de eliminar las áreas grises de impunidad, aun cuando hablamos de un hurto menor, ya que estos cuando no son reportados, investigados y corregidos, tienden a incrementarse en frecuencia y en severidad.

Dentro de la auditoría escolar es preciso establecer un catálogo de riesgos tanto al interior como al exterior de la institución, divididos en tres grupos, considerando en todos los casos, en la continuidad del proceso educativo:

  • El primero en aquellos riesgos de cualquier naturaleza que afectan la disponibilidad de la instalación; es decir, tengo alumnos y maestros, pero no tengo donde dar clases.
  • El segundo grupo, considera los riesgos que afectan la disponibilidad del cuerpo docente: tengo salones, tengo alumnos, no tengo maestro.
  • El tercero, los riesgos que afectan al alumnado: tengo salones, tengo maestros, no tengo alumnos.

La evaluación tiene que llevarse a cabo en dos sentidos; las amenazas del exterior hacia al campus, ya sean de tipo natural o causados por el hombre, es decir, fenómenos perturbadores tales como sismos, inundaciones, etc. Considerando su entorno inmediato y los riesgos asociados a la vez con sus vecinos o personas que quieran tomar ventaja del alumnado o beneficio de las instalaciones (delincuencia común, venta de droga, venta ilegal de alcohol, prostitución). El otro sentido del análisis de riesgos lo conforma la parte interna, pues a diferencia de una empresa tradicional, la población en una institución educativa en un 90% está conformada por el cliente, el cual genera buena parte de los riesgos en el campus.

Uno de los riesgos que normalmente no se toma en cuenta es el del transporte escolar. La posibilidad de que un camión escolar tenga un accidente es real. De ahí la necesidad de preguntarnos ¿Cuándo fue la última vez que se le hizo un estudio médico al chofer? El camión puede ser nuevo o estar en perfecto estado, pero el conductor puede sufrir un problema de salud (coma diabético, problema de presión o simplemente de vista).

Mucha gente piensa que como este tipo de servicios son llevados a cabo por terceras personas ajenas a la institución escolar, asimismo se les transfiere el riesgo, no obstante, lo que se transfirió fue la operatividad; sin embargo, el riesgo sigue siendo de la propia institución. Si bien es cierto que es deber del proveedor el llevar a los alumnos en este caso, también es cierto que es obligación de la institución educativa el supervisar que dicho servicio sea llevado a cabo dentro de los estándares de calidad necesarios y suficientes para garantizar la seguridad de las personas, indicando, por un lado, en los contratos las políticas de servicio y por el otro revisando las unidades y supervisando o auditando a los choferes.

En este mismo sentido, cuando la institución ofrece servicios a los alumnos a través de terceros por ejemplo el caso de la cafetería, si bien es la obligación del concesionario el cumplir con las políticas de seguridad, es responsabilidad de la escuela el auditar que sus procesos y los equipos involucrados en los mismos, cumplan cabalmente con las normas de seguridad.

En otras palabras, no se puede ni se debe abdicar la seguridad a terceros, por el simple hecho de estar concesionando o delegando a terceros cualquier tipo de servicio.

Tradicionalmente, se pensaba que donde termina la barda de la escuela termina su responsabilidad. Hoy no podemos seguir pensando de esa manera, debemos considerar nuestro perímetro inmediato como nuestra área de influencia. Si bien pueda no ser legalmente una responsabilidad de las escuelas, su entorno, no se deben cerrar los ojos ante lo que sucede en él.

Es preciso contar con un proceso que extienda la protección del alumnado en ese perímetro inmediato. Mediante procesos de vigilancia, se deben observar ese perímetro, de tal manera que se logre identificar la presencia de personas sospechosas que, sin un fin claro de recoger o dejar a algún alumno, permanezcan en los alrededores del colegio. Es importante que no exista la posibilidad de observar las instalaciones desde el exterior y prohibir en las áreas de entrada y salida, el estacionamiento o permanencia de vehículos con personas en su interior. Si este último caso se presenta, se debe instruir a los vigilantes para que se aproximen a dichas personas y les pregunten si requieren alguna ayuda y solicitarles amablemente retirarse del lugar por estar prohibido el estacionamiento en dicha área. Ante la presencia de personas francamente sospechosas, lo mejor será reportarlas a las autoridades para que actúen en consecuencia.

Resulta fundamental el que se establezcan líneas de denuncia anónima mediante teléfono, correo electrónico o buzones, con el fin justamente de denunciar situaciones o acciones, que puedan poner en riesgo a la comunidad estudiantil, ya sea en su interior o en su exterior. Es importante asimismo que dichas líneas de denuncia, sean promovidas y sepan de su existencia, los alumnos, el personal docente y administrativo, así como los padres de familia y las personas en el perímetro externo del colegio, ya sean casas habitación o bien comercios; ya que además de ofrecer la confianza de contar con un canal de denuncia, desalienta la comisión de ilícitos al saberse vulnerables a ser denunciados y sufrir las consecuencias legales correspondientes.

Una vez que se tengan analizados los riesgos, es importante hacernos cuestionamientos respecto de ellos, en primera instancia preguntarnos: "¿Qué tan probable es que un riesgo nos afecte?", y subrayo, "¿Qué tan probable es?", no posible. Ya que cualquier riesgo como tal tiene la posibilidad de afectación, pero la probabilidad puede ser mayor o menor. De ahí que cada riesgo es importante clasificarlo como "muy probable", "poco probable" o "remotamente probable" y en segunda instancia: si tal o cual riesgo se materializa, ¿Qué impacto tiene en mi comunidad y mi instalación?; ¿Alto?, ¿Medio?, ¿Bajo?

Si se tiene por ejemplo un riesgo con nivel de impacto alto, necesariamente se tiene que contar un plan de emergencia y un plan de mitigación del riesgo. Si, por el contrario, el riesgo es muy poco probable y con un bajo impacto, quizá simplemente se deba reaccionar ante ello, si se llegara a dar remotamente el caso.

El análisis de riesgos no es un proceso técnicamente complejo, quizá el principal error en el que se incurre, es cuando obviamos ciertos riesgos, como el caso de los servicios concesionados o aquellos con los cuales, nos hemos familiarizado tanto de verlos presentes, que no reparamos en ellos e incurrimos en una ceguera que eventualmente puede resultar catastrófica para la institución.

Un plan de seguridad lo debemos dividir en tres partes:

  • Comité de manejo de crisis. Debe existir un grupo definido, pequeño, quienes deben estar perfectamente organizados para responder a una emergencia, con el liderazgo y la capacidad de decisión necesaria. Este comité generalmente involucra al director general, coordinador académico, encargado de mantenimiento, de seguridad. Es importante que exista una cadena de mando perfectamente definida por si alguno de ellos no está presente al momento de la emergencia misma.

  • Análisis de escenarios. Basados en los riesgos observados, se deben hacer una serie de supuestos con lineamientos a seguir en caso de que se materialicen dichas amenazas, es decir, ¿Qué haríamos si se presenta un sismo, un huracán, un incendio?, o bien, ¿Qué hacer en un asalto, un tiroteo en el exterior o en el interior mismo de la institución? No podemos estar preparados para todo lo posible, ya que sería prácticamente imposible entrenar a la gente para enfrentar 20 ó 30 escenarios, pero sí debemos estarlo, al menos para lo más probable, donde se tengan los lineamientos claros para unos 5 escenarios.

  • Estructuración de equipos de apoyo. Dependiendo del tamaño y complejidad del campus, se deben entrenar equipos de personas para coordinar acciones a seguir ante los escenarios previstos, de manera tal que, al momento de surgir la emergencia, las personas asuman el rol prediseñado para ellas y se evite entrar en pánico.

En este sentido, por ejemplo, las brigadas de evacuación llevarán a cabo los procedimientos determinados para ellos, una vez que el comité de manejo de crisis haya decretado la emergencia, gire la orden de evacuar el plantel y se continúe con la toma de decisiones respecto de las variables que surjan en la emergencia misma y que pudieran no estar contempladas: ¿En qué momento llamo a los bomberos, a una ambulancia o en qué momento evacúo a los alumnos más allá del perímetro de la escuela, en caso de que las instalaciones ya no sean seguras porque quizá se hayan colapsado?

Para culminar satisfactoriamente los planes de seguridad, es necesario involucrar a la comunidad estudiantil, entrenándola adecuadamente. A diferencia de los equipos de apoyo a quienes se les entrena bajo la premisa de "Qué hacer en caso de", al grueso de los alumnos se les debe entrenar bajo la premisa de "Qué espero de ti, en caso de", es decir, que el alumnado sepa que al recibir una instrucción de evacuar, por parte de los equipos de apoyo, por ejemplo una brigada de evacuación, proceda a evacuar de manera ordenada (no grito, no empujo, no corro) y lo haga hacia el lugar indicado por la brigada en cuestión. En otras palabras, que sepa que hacer y a quien seguir.

A pesar de que ya se habla de manera más abierta y formal respecto de este tipo de acoso, falta mucho por hacer. La gente piensa que identificando al acosador o "bully" o al acosado y extrayéndolos a cualquiera de ellos, se acaba el problema y no es así.

El bullying es un proceso de poder, en el cual los acosadores, si bien orientan sus acciones hacia una persona, en realidad esta persona puede ser cualquiera, ya que lo que buscan es la obtención de poder respecto del grupo. Si se saca a un "bully", mañana llegará otro y si se saca al "buleado", mañana otro asumirá el lugar que se conoce como "la silla caliente".

El bully existe porque las acciones le otorgan poder y ese poder se lo otorga la comunidad, donde existen dos roles: el que festeja y el que tolera.

Por ejemplo, la escena en la que un grupo de alumnos mete de cabeza a otro en el bote de la basura. La mitad de los alumnos alrededor se ríe, lo cual otorga poder al grupo agresor por reconocimiento, la otra mitad del grupo se calla y otorga igualmente poder, en este segundo caso por miedo.

Por lo anterior, y en países como en Estados Unidos donde existe un mayor acceso a las armas, se dan más casos de muerte en las escuelas, porque el "buleado" se cansa, se fastidia y tiene claridad de que físicamente no tiene oportunidad de ganar al enfrentar al "bully", pues comúnmente existe una diferencia de fuerza y tamaño. De esta forma, y para revertir el proceso, el empleo de un arma de fuego para un buleado, representa el medio idóneo para hacerlo, ya sea únicamente amenazándolo o utilizándola, pues no necesita entrar en contacto con el agresor.

Los escenarios de tiroteo suelen presentarse cuando la ira contenida, en el buleado, se hace genérica, es decir, ya no sólo contra quien lo agrede, sino contra todos lo que siente que apoyan al agresor, ya sea por acción al haberse reído o aplaudido u omisión al haber callado y tolerado.

Lo que debemos hacer para combatir el bullying, es conocer su proceso y aprender a observar para reconocer los factores de riesgo existentes y prevenir así a nuestra comunidad estudiantil, actuando e interviniendo en los primeros momentos cuando se identifica una conducta de acoso. Es importante sensibilizar a los alumnos para evitar el "aplauso" de acciones riéndose o bien tolerando al callarse, de tal manera que en lugar de darle poder al agresor, se le vaya segregando mediante la reprobación de sus actos que evidentemente ante una comunidad educada y proactiva en términos de prevención, la persona no obtenga ningún poder, sino, por el contrario, todo el desprestigio.

En términos de prevención, resulta fundamental el trabajar en este tipo de problema, apoyados por un comité de riesgos. El cual involucra a las diferentes áreas de una comunidad escolar con el fin de identificar los factores de riesgo asociados a la comunidad estudiantil y en este caso particular a las relaciones entre alumnos.

El aprendizaje obtenido de las tragedias ocurridas en la unión americana, muestran que la persona que un día decidió acudir al campus armado y matar a varias personas, era un individuo que había tenido anteriormente problemas con la policía de la escuela, con su jefe de dormitorio, con su maestro de inglés, ya había requerido interacción con el área de apoyo psicológico y con el área médica. No obstante, ninguna de esas áreas o personas tenía noción de los reportes de las otras áreas, es decir, no había comunicación entre ellas, nadie había "unido los puntos". A partir de estas terribles experiencias, se crearon en Estados Unidos los llamados "Grupos de Intervención Temprana", lo que en México se conoce como "Comités de Riesgos".

Estos grupos o comités son los responsables de toda la agenda de seguridad, quienes en conjunto analizan los riesgos, desarrollan planes de emergencia, llevan a cabo los procesos de evaluación y adquisición de equipos de seguridad, pero sobre todo, llevan un control muy puntual del tema de la interacción social en el campus, es decir, analizan los incidentes. Por ejemplo, alguien del comité denuncia "se están robando los teléfonos celulares en la escuela" y otra persona del comité detecta que "alguien está vendiendo teléfonos celulares baratos", al juntar los puntos, se encuentra un vínculo entre dichos sucesos.

Lo mismo sucede con el bullying, el cual se presenta mayormente en los horarios de recreo o deportes. Si por ejemplo el maestro de educación física detecta una conducta agresiva por parte de un alumno en sus actividades y ese mismo alumno es reportado a un profesor por otro alumno quien le pidió que no lo siente junto a él por ser grosero o bien, porque le robó su "lunch" en el recreo o en la enfermería se ha presentado algún incidente de golpe o agresión ocasionada por esa misma persona, en la medida en la que se comuniquen dichos incidentes, se podrá intervenir y actuar de manera preventiva.

El problema es que en las escuelas no se han integrado dichos comités para intervención de manera eficaz y oportuna.

Las escuelas, desde el punto de vista de la seguridad, tienen dos responsabilidades básicas: proteger al alumno y proteger a la comunidad estudiantil, incluso de los alumnos mismos.

Anteriormente, la visión de las escuelas respecto del tema de las drogas, manifestaba que si el alumno no poseía o consumía drogas dentro de las instalaciones, no era problema de la institución. Hoy la perspectiva debe ser diferente, las escuelas deben estar preocupadas por el consumidor, sea donde sea que se dé el consumo. El que consume droga, eventualmente la va a introducir a la escuela y la va a compartir de alguna manera con sus compañeros, convirtiéndose además de un problema de salud, en un tema de tráfico y por ende de seguridad.

De tal manera debemos abordar el problema como un problema de salud pública. Una persona que está en un proceso de adicción, afecta a su comunidad ineludiblemente y ya no únicamente desde la perspectiva de la salud, por el contacto mismo con el mundo de las drogas, sino ahora de la seguridad, debido al contacto con el mundo de las redes delincuenciales, ligadas al tráfico de estupefacientes.

La persona que consume drogas crea una espiral de afectación a su alrededor. Al necesitar dinero para mantener su vicio, incurre en delitos al robar cosas para venderlas. Al estar bajo los efectos de la droga y conducir vehículos, está expuesto a tener un accidente grave o incluso si la persona se ha convertido ya en un narcomenudista, a los riesgos asociados a su "negocio" y de esa manera el círculo vicioso en el que entra, en algún momento, lo impactará de alguna forma negativa tanto a ella como a las personas en su entorno.

El consumir drogas, como tal, no es un delito, es considerado como una adicción y por ende como una enfermedad. Consumir drogas, en este caso dentro de las escuelas, es una falta grave que puede repercutir en la expulsión del estudiante al estar violando una norma dentro de la institución, de igual manera que puede serlo el hecho de beber alcohol o incluso fumar cigarrillos dentro de la instalación educativa. Por ello, el alumno que es detectado como consumidor de drogas, debe ser atendido como una persona enferma y que requiere atención.

La pregunta importante de hacernos sería: "¿Estamos, como instituciones educativas, preparados para otorgar una educación integral?" Si al detectar a un alumno que se droga, simplemente lo expulsamos, estaríamos potenciando el problema, ya que no solo la persona continuaría drogándose, sino que ahora, tampoco tendría escuela. En una escuela moderna, entendiendo el proceso nocivo que conllevan las drogas, se debe encausar al alumno que se droga junto con el apoyo de sus padres para salir lo antes posible del problema.

Si un alumno resulta positivo en una prueba de drogas o se le encuentra en posesión de las mismas para consumo personal, se debe citar al alumno, a los padres de familia y a las autoridades escolares con el fin de compartir responsabilidades. La responsabilidad del padre es asegurar que el alumno ingresa y se mantiene en un proceso de desintoxicación, con documentos que comprueben y garanticen que la persona se encuentra en una institución especializada en el tratamiento de adicciones. La escuela debe llevar un seguimiento académico mucho más riguroso que involucre al alumno en actividades extracurriculares deportivas, asistencia a la biblioteca o elaboración de trabajos o participación en compromisos escolares que obliguen a la persona a mantenerse en ambientes positivos y lejos de las drogas.

En ese sentido, mediante programas de disuasión de drogas, se deben aplicar pruebas "antidoping" de manera sorpresiva y aleatoria, mismas que deben ser acordadas y autorizadas por los mismos padres de manera previa al inscribir a sus alumnos a la institución y cuyas muestras, generalmente de orina, obtenidas idealmente con 2 ó 3 muestreos al semestre, se obtengan de manera voluntaria de los alumnos. Dichas pruebas se deben aplicar con la asistencia de laboratorios profesionales y certificados, quienes garantizan no sólo la calidad de la muestra, sino el proceso de obtención de manera correcta en términos éticos.

Los programas de disuasión deben ser de carácter público, es decir, tanto el alumno como los padres saben que se aplican y gracias a la comunicación estrecha que se debe lograr entre la institución, la comunidad educativa y sus familias, el alumno sabe que sus propios padres pueden solicitar a la escuela que se aplique a su hijo una de estas pruebas, ante la sospecha de consumo de drogas. De esa forma, se aborda el problema de manera integral y los resultados son manifiestos al atacarlo desde todos los flancos posibles.

Los jóvenes, como mayores consumidores de drogas, representan para los vendedores de las mismas, el nicho de mercado por excelencia. De ahí que los alrededores de las escuelas, sean, en buena medida, sitios elegidos por los delincuentes para comerciar estupefacientes. Los jóvenes son disuadidos de ingresar drogas a los planteles escolares, mediante el empleo de programas de revisión que incluyen el empleo de canes adiestrados para la detección. Cuando un alumno es sorprendido en posesión de narcóticos, en términos legales, resulta complejo para las autoridades escolares determinar si se trata de droga para consumo personal o para venta. De ahí que se deba de contar con el apoyo de las autoridades correspondientes para denunciar la venta de drogas en el entorno escolar o bien ante un hallazgo de posesión, proceder de manera correcta, evitando controversias o represalias a la institución educativa.

En conclusión, ante el tema de las drogas, las escuelas deben asumir un rol educativo-preventivo, en el cual, el fin es disuadir el consumo, no atacar la venta. Así, al no haber mercado, no hay vendedor.

Es preciso comprender que una correcta educación basada en principios y valores se debe dar a una persona desde su propio hogar y en las escuelas es donde se afianzan los mismos, a través de la interacción formativa con sus maestros y la convivencia sana con sus compañeros.

La modernidad, lamentablemente, ofrece el acceso mediático y exposición a contenidos no apropiados a personas que no han consolidado sus escalas de valores. Los jóvenes delincuentes no incurren inicialmente en la comisión de delitos con un fin de obtención de recursos económicos de manera preponderante, sino que se inician como parte de un juego de poder. Es decir, un joven que forma parte de una banda o pandilla, lo motiva más en primera instancia, su afán de pertenencia al grupo de poder que le propone portar un arma, quizá conducir un vehículo y el "respeto" acompasado que ello le proporciona, que el dinero que pueda acumular a través de los ilícitos.

En este sentido, los medios desafortunadamente han mostrado de manera espectacular los grandes "logros" de los delincuentes, quienes sin tener preparación formal alguna, poseen lujos propios de un alto ejecutivo. Ello aunado a una crisis de empleo y remuneración adecuada a los trabajos formales, desalienta en mucho a las personas a prepararse de manera adecuada, pues no existe una garantía que recompense su esfuerzo y los jóvenes acaben justificando su incursión en economías informales o eventualmente en la comisión de delitos, bajo la premisa de que "el fin justifica los medios".

Viéndolo desde otra perspectiva, tenemos un problema generacional. Tal como la enseñanza que tuvimos que llevar a cabo en materia de protección civil, cuando se establecieron en el país los simulacros de evacuación. En los primeros momentos, algunas personas mostraban desinterés o apatía, ya que no reconocían sus beneficios o bien no estaban aún condicionados en ese sentido.

Al cabo de los años, al ser parte activa y rutinaria de los ejercicios de prevención y seguridad escolar, los alumnos se conducen en forma precisa y adecuada. Lo mismo sucederá con el tema de prevención de delitos y adicciones, es un proceso a seguir, pero que en definitiva y de manera urgente es preciso iniciar en todas las instituciones educativas.

De tal manera que debemos apostar fuertemente a la educación formativa. El personal docente y administrativo en las escuelas debe observar y controlar el comportamiento de los alumnos en términos de forma y fondo, orientados a marcar los límites y establecer hábitos correctos de convivencia.

Se debe inducir a los alumnos para que tengan un comportamiento adecuado, y lograr así una conducta correcta gracias a la cual, ellos mismos se habituarán de esa manera a un bienestar, producto de un bien ser. Al hacerlo de esa manera se desarrolla una cultura adecuada.

Es importante reconocer que la prevención no es un proceso unilateral, es decir, no es sólo una responsabilidad de las escuelas, sino que todos debemos corresponsabilizarnos para lograr un frente común en pro de la seguridad. La visión anterior, consideraba a la seguridad como un mero trámite, de ahí la apatía que prevalecía en las personas. Hoy, ante los riesgos manifiestos que se enfrentan en el día a día y que han sensibilizado a la población, la gente siente ya una necesidad real de protegerse y por ende una motivación a educarse al respecto.

En este sentido, el alumno es manejable, es decir, para modificar su comportamiento lo podemos y lo debemos orientar respecto de lo que se debe de hacer dándole instrucciones, él las seguirá, siempre y cuando reconozca a la autoridad que emite la instrucción y se tenga claridad en el comportamiento que se espera, independientemente que el alumno crea o no en el proceso.

No obstante que en las escuelas se pueden estar estableciendo las bases correctas y adecuadas para llevar a cabo procesos de seguridad y formación de hábitos en materia de prevención, de poco servirán, si en el hogar del alumno, no existe una continuidad de los mismos que refuerce lo aprendido y sirva como un catalizador para su educación integral.

La seguridad no es algo que se pueda encender y apagar con un botón al cruzar la puerta de la escuela: los padres, además de su deber de estar enterados de los procesos educativos formales en los que se encuentran inmersos sus hijos, se deben involucrar activamente en los mismos y de manera muy especial en aquellos que conforman este tipo de enseñanzas que aun cuando no son parte estrictamente de las materias curriculares, son definitivamente parte de la formación de sus hijos para enfrentar las diferentes situaciones de riesgo en la vida cotidiana.

Debemos lograr mediante un proceso sinérgico, que lo aprendido en las instituciones educativas, se refuerce en los hogares, manteniendo el mensaje e inculcando desde luego principios y valores, para que el alumno catalice y logre así, una formación correcta y adecuada en este caso, en materia de prevención, por su propia seguridad, la de su familia y por la de todas las personas a su alrededor.

El enfoque moderno de las escuelas respecto de la seguridad debe ser proactivo y no reactivo. Es decir, a diferencia de buscar estar preparado para reaccionar ante cualquier contingencia, resulta más efectivo el prevenirla, de ahí que la educación conforma nuestro mejor escudo.

Las instituciones educativas deben contar con políticas claras y precisas en materia de seguridad, pero además deben preocuparse y ocuparse de establecer los límites adecuados para el desempeño de los alumnos en ese contexto; es importante identificar a los alumnos que conformen, por sí mismos, factores de riesgo para la comunidad estudiantil. "Una manzana podrida puede pudrir al resto de las manzanas". Si un alumno es una influencia negativa para la comunidad, si no es posible enmendarlo o corregirlo, lo mejor será excluirlo, por el beneficio del resto de las personas en el plantel.

En una nueva perspectiva de educación integral que involucre inexorablemente, hoy día, a la seguridad, las escuelas deben, considerando que tienen no solo una responsabilidad hacia sus alumnos en términos de su educación y su seguridad y que cuentan con instalaciones propias para llevar a cabo sesiones educativas, promover un acercamiento hacia el alumnado, personal docente, administrativo, padres de familia y comunidad en general, de recursos educativos, (conferencias, programas y planes de prevención, etc.), con el fin de difundir la cultura de la seguridad.

Las escuelas deben interactuar con las autoridades, buscando que de manera conjunta, la institución y su entorno, cuente con un nivel óptimo en términos de seguridad, pero además se debe lograr una visión global de la problemática para que los intereses de la comunidad estudiantil en materia de prevención vayan acompasados de una manera proactiva con los de las autoridades.

Este tipo de acercamientos, además de proponer un beneficio a todos los asistentes, generan un valor agregado a la institución educativa, al mostrar su sentido de responsabilidad social y corresponsabilidad con este tipo de problemas que hoy constituyen unas de las principales y mayores preocupaciones de la sociedad en general.

Si bien el mensaje de prevención puede ser generado desde el mismo interior de la institución educativa si se cuenta con el apoyo de un departamento especializado en seguridad o de las mismas autoridades que evidentemente deben mantener un contacto constante con las escuelas, resulta muy valioso el difundir el trabajo de otras organizaciones abocadas al tema, ya que aun cuando el mensaje pueda ser en esencia el mismo, el interlocutor puede generar un impacto positivo distinto al que tradicionalmente se emite desde la misma institución.

Manual de Seguridad - Emblema

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