En materia de prevención, valdría la pena reflexionar respecto de una importante dualidad que debemos lograr: educar al mayor número de personas para evitar que se conviertan en víctimas; y sensibilizar al mayor número de individuos, especialmente los jóvenes, para evitar que se conviertan en delincuentes.
Ante los elevados niveles de victimización, la primera resulta urgente.
Sin embargo, ante la vulnerabilidad de las personas, y particularmente de la juventud, la segunda resulta importante y fundamental.
Si consideramos que los delincuentes no nacen, sino que se hacen, producto de un entorno adverso ya sea a nivel familiar, comunitario o social, uno de los ingredientes que debemos incluir, sobre todo en los primeros años de crianza de las personas, es el amor.
El amor debe ser utilizado para desarrollar, en una persona, su cualidad humana como una virtud que le permita desarrollar, a la vez, sus capacidades, habilidades y destrezas, convirtiéndolo en un individuo de bien, proclive a llevar una vida digna y ordenada.
En ese sentido, valdría la pena considerar 5 tipos de amor:
Amor propio.
En la medida en la que un individuo tiene una alta autoestima, va conformando una personalidad con una disposición a considerarse apto ante los desafíos de la vida, con la suficiente confianza de aprender, tomar decisiones y hacer elecciones adecuadas. El amor a sí mismo es la base de toda moral.
Amor a la familia.
La familia es fundamental en el proceso de crecimiento personal, ya que en ella se generan círculos virtuosos, pero asimismo viciosos. De ahí que, pese a toda circunstancia, se debe procurar el transmitirse amor para lograr identidad y pertenencia a un subsistema familiar, desde el cual surjan personas aptas para desempeñarse adecuadamente en el sistema social.
Amor al prójimo.
La simpatía, el aprecio, el respeto a la dignidad y la tolerancia a los demás, representan factores clave en la formación de personas solidarias y honestas, con buenos comportamientos, más allá que por temor a un castigo, como respuesta a sus principios y valores.
Amor al trabajo.
Desarrollar el hábito de trabajar en las personas, favorece su crecimiento y siembra en ellas el afán de poseer mayores conocimientos, estimulando su labor creativa, responsabilidad y compromiso, dándoles un sentido a sus vidas al obtener satisfacción y logros de forma honesta.
Amor a la patria.
Al desarrollarlo como un compromiso y un deber, se contribuye a la procuración del bienestar común, del cuidado de los recursos naturales y del entorno, así como el respeto a las instituciones, ofreciendo a las personas un genuino orgullo nacional que resalta en ellas lo mejor de sus raíces y cultura.
Si observamos a los delincuentes desde esta perspectiva, debemos reconocer que, en mucho, son el producto de la falta de amor que, como familias, comunidades y sociedad, hemos gestado de una u otra manera.
De ahí que, para desarrollar individuos de bien, consideremos al ingrediente del amor para darlo, no en una cajita de regalo, ni con un corazón pintado, sino con el verdadero amor que debemos profesar como seres humanos a las personas con las que vivimos y convivimos a diario.
Si no te es difícil dar amor, ¿qué esperas para iniciar la cadena entre tu círculo familiar y de amistades para generar un mejor futuro?