Existe una teoría económica y social que, sin proponérselo, ayuda a explicar muchas de las decisiones que tomamos cuando hablamos de seguridad. Su autor es Thorstein Veblen, quien a finales del siglo XIX formuló lo que hoy se conoce como la paradoja del consumo conspicuo.
Veblen observó que, con frecuencia, las personas consumen bienes no tanto por su utilidad real, sino por lo que esos bienes representan: estatus, éxito, pertenencia o prestigio. El valor simbólico termina pesando más que el valor funcional. Dicho en términos sencillos: no siempre compramos lo que más sirve, sino lo que mejor se ve.
Esta idea resulta familiar si pensamos en la ropa de marca. Nadie duda de su calidad o diseño, pero todos entendemos que no toda prenda es adecuada para cualquier ocasión. Un traje caro no es mala ropa; simplemente no es la mejor opción para cargar cajas, caminar largas distancias o trabajar bajo el sol. El problema no es la prenda, sino usarla sin preguntarse para qué sirve.
Algo muy parecido ocurre en el terreno de la prevención del delito.
En seguridad, también existe la tentación de elegir medidas por lo que comunican más que por lo que resuelven. Sistemas visibles, dispositivos sofisticados o presencias que tranquilizan pueden tener un valor real, pero solo cuando están alineados con el contexto de riesgo. Cuando no lo están, la seguridad empieza a parecerse a un guardarropa elegante, pero mal elegido para la actividad que se va a realizar.
Aquí es donde la paradoja de Veblen cobra pleno sentido:
podemos invertir en seguridad que se nota, sin detenernos a evaluar si esa seguridad realmente protege.
La prevención efectiva, en cambio, suele ser menos vistosa. Se construye con análisis de riesgos, con hábitos, con capacitación, con criterios claros de actuación y con decisiones cotidianas que no siempre llaman la atención. Es una seguridad que no busca impresionar, sino funcionar.
Esto no significa renunciar a la tecnología, a los sistemas o a los equipos. Del mismo modo que nadie renuncia a vestirse bien, la clave está en elegir lo adecuado para cada circunstancia. En prevención, como en la ropa, la pregunta correcta no es “¿qué tan bien se ve?”, sino “¿para qué situación fue pensado?”.
Para aterrizar esta reflexión, vale la pena considerar cinco recomendaciones clave que ayudan a pasar de la seguridad simbólica a la prevención efectiva:
1. Pregúntate siempre “¿para qué?” antes de “¿con qué?”
Antes de incorporar una medida de seguridad, conviene que tengas claro qué riesgo quieres prevenir. La herramienta correcta no es la más visible, sino la que responde a una necesidad concreta.
2. Distingue entre la seguridad que te tranquiliza y la que realmente te protege
Hay medidas que generan una sensación de control y otras que reducen vulnerabilidades reales. Ambas pueden coexistir, pero no deben confundirse ni una sustituir a la otra.
3. Recuerda que la prevención más efectiva suele ser discreta
Hábitos, protocolos, capacitación y análisis del entorno rara vez se presumen, pero suelen tener mayor impacto que soluciones espectaculares mal integradas.
4. Asegúrate de que los sistemas formen parte de una estrategia, y no que la sustituyan
Ningún equipo, por avanzado que sea, compensa la ausencia de criterios claros de actuación. La tecnología protege mejor cuando acompaña decisiones bien pensadas.
5. Revisa periódicamente si tu “seguridad” sigue siendo adecuada para tu contexto actual
Así como no usas la misma ropa en todas las estaciones, la prevención debe ajustarse a cambios en tus rutinas, en el entorno y en los patrones de riesgo.
La reflexión final es sencilla, pero profunda: el delito no se deja influir por la apariencia. No distingue marcas, presupuestos ni discursos. Responde a vulnerabilidades reales.
Tal vez por eso, el primer paso hacia una prevención más eficaz no sea agregar más capas visibles de seguridad, sino revisar si lo que ya usamos -como nuestra ropa diaria- está realmente pensado para el entorno en el que nos movemos. Porque cuando la seguridad se entiende como estrategia y no como símbolo, deja de ser un accesorio y se convierte en protección real.