Hay una frase que se repite con una precisión inquietante en casi todas las víctimas de un delito. No importa si se trata de un fraude, un asalto, una extorsión o un secuestro:
“Nunca pensé que me fuera a pasar a mí.”
No lo dicen por ingenuidad. Lo dicen porque, en el fondo, casi todos vivimos con una idea silenciosa de inmunidad. Una creencia discreta, casi invisible, que nos acompaña todos los días: que la tragedia, el delito, el abuso, la violencia… son cosas que le pasan a otros.
Ese mecanismo tiene nombre. En psicología se le conoce como sesgo de optimismo, ilusión de control o, en términos más cotidianos, síndrome de la negación.
Es la manera en que nuestra mente se protege del miedo constante. Para poder salir a la calle, trabajar, amar, confiar, necesitamos sentir que el mundo es razonablemente estable. Y para lograrlo, el cerebro nos cuenta una historia tranquilizadora: “tú eres diferente, tú eres más cuidadoso, a ti no te va a pasar.”
El problema es que la delincuencia no escucha historias.
La inseguridad no selecciona a sus víctimas por su moral, su nivel socioeconómico o su buena conducta. Selecciona por oportunidades, rutinas, descuidos y momentos de vulnerabilidad. Y muchas veces, la mayor de esas vulnerabilidades no está afuera, sino adentro: creer que estamos fuera del riesgo.
Lo vemos todos los días. Personas que viven en zonas “tranquilas”, bien iluminadas, que tienen cámaras, o que se sienten protegidas por su entorno. No es arrogancia; es una necesidad humana de sentir control. Pero cuando esa sensación se vuelve absoluta, se transforma en una falsa seguridad.
Y cuando eso ocurre, bajamos la guardia. Compartimos de más. No verificamos. Normalizamos pequeñas señales. No planeamos. No porque seamos imprudentes, sino porque nuestra mente ha decidido que el peligro es algo lejano.
La paradoja es dura: el día que dejamos de sentirnos vulnerables suele ser el día en que más vulnerables estamos.
Hablar de esto no busca generar miedo. El miedo paraliza. La prevención no. La prevención es una forma serena de mirar la realidad sin engañarnos. Es aceptar que no vivimos en una burbuja, pero sí podemos reducir nuestros riesgos.
Y esa conciencia se traduce en hábitos simples, pero poderosos:
Verificar antes de confiar.
No todo mensaje, llamada, enlace o paquete es legítimo, aunque parezca venir de una fuente conocida.
No compartir de más.
Lo que publicamos sobre nuestros horarios, viajes o compras también construye nuestra huella de riesgo.
Romper rutinas previsibles.
La repetición constante es una de las principales aliadas del delito.
Tomar en serio las señales pequeñas.
La mayoría de los delitos no empiezan con un golpe, sino con una anomalía ignorada.
Hablar de seguridad en casa y en comunidad.
La prevención se fortalece cuando deja de ser un tema individual y se vuelve conversación colectiva.
Tal vez la reflexión más importante no sea cuántos delitos ocurren, sino cuántas veces nos decimos, sin darnos cuenta, que estamos fuera de ellos. Porque la verdadera cultura de la prevención empieza cuando dejamos de pensar “eso le pasa a otros” y comenzamos a vivir con la calma de quien entiende que cuidarse no es tener miedo, sino tener criterio.