Desinformación

Desinformación y percepción de seguridad

“Manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales.”

Deyanira Murga

Consultora internacional en seguridad corporativa con formación en Ingeniería Eléctrica, University of Texas. Graduada en Política Internacional, Ciberseguridad y Diplomacia en Seguridad y Defensa, Centro J. William Perry de la National Defense University.

Certificada en Políticas Públicas para Inteligencia Artificial, Center for Artificial Intelligence Policy, (CAIDP), en Estrategia Crítica e Inteligencia por Globalitika Training y en Resolución de Conflictos por la University of Maryland.

Con más de 25 años de experiencia, Deyanira ha liderado iniciativas y programas enfocados en la prevención del delito y violencia, género y estrategias para comunidades seguras, trabajando con el sector privado, gubernamental y organizaciones sin fines de lucro.

Actualmente, ejerce como consultora internacional en el hemisferio occidental, asesorando tanto al sector privado como al gubernamental, incluyendo en el desarrollo de iniciativas bilaterales.

La desinformación se ha convertido en un fenómeno global que afecta la seguridad ciudadana, exacerbando tensiones sociales, minando la confianza en las instituciones y se refiere a la difusión intencionada de información falsa o engañosa. Sus principales formas incluyen noticias falsas, rumores y manipulaciones de datos. Estos fenómenos afectan la seguridad ciudadana al:

  • Generar miedo y pánico: Información incorrecta sobre delitos o amenazas puede llevar a la histeria colectiva.

  • Desestabilizar la confianza en las autoridades: La falta de credibilidad en las fuentes oficiales puede hacer que la población ignore advertencias importantes.

  • Promover violencia y discriminación: Narrativas que fomentan el odio pueden resultar en ataques contra grupos específicos.


La desinformación no es un fenómeno nuevo; uno de los ejemplos más antiguos de desinformación se remonta a la antigüedad, cuando gobernantes y estrategas militares utilizaban tácticas engañosas para confundir al enemigo o manipular a la población. Desde que las sociedades comenzaron a utilizar la comunicación escrita y oral para transmitir información, también ha existido la manipulación deliberada de esta con fines políticos, sociales o económicos.

En la antigua Roma, los líderes políticos difundían rumores o distorsionaban la verdad para manipular la opinión pública. Incluso en el siglo IV a.C., el estratega chino Sun Tzu, en su obra El arte de la guerra, ya mencionaba el uso de engaño como una herramienta en la guerra.

Sin embargo, el término moderno "desinformación" comenzó a popularizarse durante el siglo XX, particularmente durante la Guerra Fría. La Unión Soviética empleó la palabra rusa "dezinformatsiya" para describir operaciones encubiertas destinadas a difundir información falsa o engañosa a través de medios internacionales con el fin de debilitar a sus oponentes, especialmente a Estados Unidos y sus aliados.

Aunque la desinformación ha existido durante milenios, ha tomado formas más estructuradas y sofisticadas en la era moderna, especialmente con la evolución de los medios de comunicación y, en las últimas décadas, en la era digital.

Con la llegada de Internet y, especialmente, de las redes sociales, la desinformación ha alcanzado una nueva escala. Las plataformas digitales permiten que las noticias falsas se propaguen más rápido y a un público más amplio, lo que ha convertido la desinformación en un fenómeno global de gran impacto en la política, la salud pública, la seguridad ciudadana y otros ámbitos cruciales.

El uso de la inteligencia artificial (IA) ha revolucionado de manera significativa la creación, difusión y el impacto de las noticias falsas (fakenews). A lo largo de los últimos años, la tecnología ha evolucionado hasta el punto en que las noticias falsas ya no son simples rumores o errores periodísticos, sino campañas de desinformación cuidadosamente diseñadas para engañar, manipular opiniones y generar caos social, político y económico.

La IA, con sus capacidades avanzadas de automatización, análisis de datos y generación de contenido, ha transformado la manera en que la desinformación se produce y distribuye, haciendo que el fenómeno sea mucho más difícil de detectar y combatir.

Me gustaría también recalcar que la Inteligencia Artificial es una tecnología rama de la informática que se basa en algoritmos y modelos matemáticos que permiten a las máquinas aprender de experiencias pasadas y adaptarse a nuevas situaciones sin necesidad de programación explícita. En este sentido, todos los seres humanos y la información que compartimos ayudan a los sistemas de la IA.

Aquí algunos ejemplos reales del uso de la inteligencia artificial (IA):

Asistentes Virtuales: Asistentes como Siri (Apple), Alexa (Amazon) y Google Assistant utilizan IA para entender el lenguaje natural, responder preguntas, y ejecutar comandos como reproducir música, controlar dispositivos en el hogar o brindar información en tiempo real.

Diagnóstico Médico: La IA se utiliza en la medicina para analizar grandes cantidades de datos médicos. Por ejemplo, sistemas como IBM Watson Health ayudan a los médicos a diagnosticar enfermedades, sugerir tratamientos y detectar patrones en imágenes médicas como radiografías o resonancias magnéticas.

Sistemas de Recomendación: Plataformas como Netflix, Spotify y Amazon usan IA para analizar tus preferencias y hábitos, recomendando películas, música o productos que podrían interesarte en función de tus elecciones anteriores. Incluyendo las plataformas de viajes, renta y compra de autos, inmobiliarias, hoteles y restaurantes. Probablemente, la mayoría de los sectores e industrias utilizan la IA en sus sistemas.

Reconocimiento Facial: Tecnologías como las usadas en iPhone (Face ID) y en sistemas de seguridad en aeropuertos emplean IA para identificar a personas mediante el análisis de sus rasgos faciales, ofreciendo seguridad y autenticación.

Finanzas: Los bancos y plataformas financieras utilizan IA para detectar fraudes, evaluar el riesgo crediticio de los clientes y ofrecer recomendaciones personalizadas basadas en el comportamiento financiero del usuario. Un ejemplo es el uso de IA en la detección de fraudes en tarjetas de crédito.

Deepfakes: La IA se utiliza para crear deepfakes, que son videos manipulados en los que se pueden cambiar rostros o voces, haciéndolos parecer reales. Aunque tienen aplicaciones creativas, también pueden usarse de manera malintencionada en desinformación.

Estos ejemplos muestran cómo la IA está impactando varios aspectos de la vida diaria y diferentes industrias, desde el entretenimiento hasta la salud y la seguridad.

Volviendo al tema de la desinformación y uso de IA para la Creación de FakeNews, sabemos que las herramientas de inteligencia artificial han facilitado la creación de noticias falsas al permitir la generación automática de contenido altamente convincente.

Una de las tecnologías más emblemáticas en este campo es los deepfakes; una de las manifestaciones más avanzadas de la inteligencia artificial, han sido empleados de manera preocupante en campañas de desinformación política, con el fin de desacreditar a opositores o incitar conflictos y violencia.

Al manipular videos y hacer que parezca que una persona dice o hace algo que nunca ocurrió, los deepfakes han sembrado confusión y desconfianza en la sociedad.

Lamentablemente, la mayoría de las personas no cuentan con las herramientas o el conocimiento necesario para identificar fácilmente este tipo de contenidos falsos. Esto agrava el problema de la desinformación, ya que los deepfakes pueden parecer extremadamente convincentes, lo que dificulta discernir la verdad de la manipulación.

Ante este desafío, es fundamental promover la educación digital y desarrollar tecnologías que puedan detectar automáticamente estos contenidos engañosos para proteger a la sociedad de sus peligrosas consecuencias.

Además, algoritmos avanzados como los utilizados por modelos de lenguaje natural (ej. GPT-3 y otros transformadores) permiten la creación de textos que imitan el lenguaje humano con sorprendente precisión. Los algoritmos de IA son capaces de analizar enormes cantidades de datos sobre los hábitos de navegación, intereses y comportamientos de los usuarios.

A partir de esta información, las campañas de desinformación pueden dirigirse de manera muy precisa a distintos segmentos de la población, maximizando su impacto. Por ejemplo, durante procesos electorales, la IA se utiliza para identificar a votantes indecisos y bombardearlos con noticias falsas que apelan a sus creencias, miedos o preferencias políticas.

Este tipo de personalización no solo aumenta la probabilidad de que las personas crean en la información falsa, sino que también genera cámaras de eco donde las personas están expuestas repetidamente a las mismas ideas o narrativas falsas, reforzando su percepción de la realidad.

Este fenómeno, potenciado por los algoritmos de redes sociales que priorizan el contenido que genera más interacción, ha exacerbado la polarización política y social que se vive en muchos países y comunidades.

La propagación automatizada de la desinformación que utiliza IA, a través de los bots y redes automatizadas, son ahora mucho más sofisticados, interactúan de manera natural con usuarios reales y difunden la desinformación a gran escala. Estos bots son capaces de crear tendencias falsas en redes sociales, hacer que ciertos temas o narrativas ganen relevancia rápidamente y generar una percepción errónea de consenso social.

La ilusión de que muchos usuarios comparten la misma opinión falsa o engañosa puede influir en la forma en que las personas interpretan la realidad, haciendo más probable que adopten puntos de vista manipulados.

Las plataformas digitales, como Twitter, WhatsApp, Discord, Facebook e Instagram, han sido particularmente vulnerables a este tipo de campañas, dado que permiten la rápida difusión de contenido sin la verificación adecuada. Los algoritmos de IA utilizados para propagar desinformación pueden adaptar su comportamiento en tiempo real, cambiando el tono o el contenido de los mensajes según la respuesta del público o las tendencias emergentes.

Desde una simple imagen hasta una campaña política, los usuarios son parte de la alimentación de los Bots y para bien, pero también para mal, representa un conjunto de riesgos adicionales y desafíos significativos.

Por dar algunos ejemplos, la desinformación alimentada por IA puede debilitar la confianza pública en las instituciones gubernamentales, los medios de comunicación y las democracias. Las campañas de desinformación política, por ejemplo, pueden socavar la legitimidad de elecciones, desacreditar a líderes o desestabilizar a gobiernos enteros.

La desinformación crea confusión y caos en momentos de crisis como en una situación de emergencia, desastres naturales o pandemias, la desinformación puede empeorar las crisis al diseminar información falsa sobre tratamientos, restricciones o medidas de seguridad.

Durante la pandemia de COVID-19, la desinformación sobre las vacunas y las medidas sanitarias exacerbó la desconfianza y provocó desobediencia civil.

El mal uso de la IA facilita la propagación de fake news que incitan al odio y la violencia.

En algunos países, los rumores falsos propagados en redes sociales han resultado en disturbios, ataques a minorías o tensiones intercomunitarias, poniendo en riesgo la seguridad física de las personas.

Ante este desafío, no cabe más que decir que la responsabilidad es de todos. Y es crucial que los gobiernos, las plataformas tecnológicas y la sociedad civil tomen medidas proactivas. Se debe invertir más en el desarrollo de herramientas más sofisticadas para detectar y combatir la desinformación, y al mismo tiempo fomentar una educación mediática sólida entre los ciudadanos. Esto permitirá que las personas puedan identificar con mayor facilidad los contenidos engañosos y resistir la manipulación en línea de manera efectiva.

A nivel global, la desinformación ha tenido repercusiones significativas en la seguridad ciudadana, afectando tanto la estabilidad social como la confianza de los ciudadanos hacia las instituciones. Una de las principales consecuencias es la erosión de la confianza en entidades fundamentales como los gobiernos, los cuerpos de seguridad y los medios de comunicación.

Esta desconfianza puede debilitar la respuesta ciudadana ante advertencias y medidas de seguridad, lo que compromete la capacidad de los Estados para mantener el orden y proteger a sus ciudadanos.

Durante la pandemia de COVID-19, por ejemplo, las campañas de desinformación relacionadas con las vacunas y las restricciones sanitarias llevaron a que muchas personas ignoraran las directrices de salud pública, aumentando los riesgos para la seguridad colectiva.

Además, la desinformación intensifica los conflictos sociales y étnicos, exacerbando tensiones preexistentes en comunidades vulnerables. En países como India o Myanmar, las fake news han sido utilizadas deliberadamente para incitar la violencia intercomunitaria y justificar ataques contra minorías.

En Myanmar, la propagación de noticias falsas en redes sociales jugó un papel crucial en la persecución de la minoría rohinyá, desencadenando una crisis humanitaria. Este tipo de desinformación no solo atenta contra la seguridad de grupos específicos, sino que también alimenta un ciclo de violencia que puede ser difícil de detener.

En contextos de inestabilidad política, la desinformación se convierte en una herramienta poderosa para manipular la opinión pública y justificar acciones violentas. En países con democracias frágiles o en medio de conflictos internos, las narrativas falsas son utilizadas para deslegitimar gobiernos o manipular elecciones, lo que lleva a disturbios y caos social.

Un ejemplo claro de esta dinámica fue el asalto al Capitolio en los Estados Unidos en enero de 2021, donde la difusión de teorías conspirativas sobre fraude electoral contribuyó a un acto de violencia contra las instituciones democráticas.

Otro impacto global notable es el uso de la desinformación para socavar esfuerzos de paz en regiones conflictivas. En lugares como Siria o Ucrania, actores estatales y no estatales han utilizado la desinformación para manipular percepciones sobre el conflicto, dificultando los esfuerzos diplomáticos y prolongando la violencia.

Al distorsionar la realidad, las partes en conflicto logran manipular a las masas, incrementar el apoyo a acciones bélicas o deslegitimar procesos de paz, poniendo en peligro la seguridad regional y global.

Otro fenómeno que hemos experimentado es el de la migración masiva, en donde el crimen organizado y la desinformación han afectado a la seguridad ciudadana local e internacionalmente, manipulando cientos de familias de la cuales muchas han perdido a sus familiares con la muerte.

En América Latina, la desinformación ha tenido un impacto profundo y único debido a varios factores contextuales que amplifican su alcance y consecuencias. Entre estos factores destacan las desigualdades sociales, la limitada alfabetización digital, la desconfianza generalizada en las instituciones y la amplia penetración de las redes sociales como principal fuente de información cuya regulación carece de estándares y leyes que cumplan con temas de privacidad, ética y derechos humanos.

Esta combinación ha creado un entorno propicio para que la desinformación no solo se propague rápidamente, sino que también influya significativamente en las decisiones políticas, sociales y económicas.

En países como Argentina y Brasil, la desinformación ha jugado un papel determinante en las elecciones y en la polarización política. Durante las elecciones presidenciales de 2018 en Brasil, las campañas de desinformación a través de WhatsApp y otras plataformas sociales contribuyeron a la división del electorado, utilizando noticias falsas y manipulaciones para influir en la percepción pública y desacreditar a los candidatos.

Venezuela es otro ejemplo relevante, donde la desinformación ha sido una herramienta utilizada por el gobierno y sus oponentes en medio de una prolongada crisis política y económica, dificultando la resolución de conflictos y profundizando la crisis humanitaria.

Lo que distingue a América Latina de otras regiones del mundo es el uso de las redes sociales como el principal medio para difundir desinformación. Plataformas como WhatsApp, Facebook y YouTube son altamente populares y muchas veces sustituyen a los medios tradicionales como fuentes de noticias, lo que facilita la rápida viralización de noticias falsas.

Además, el bajo nivel de educación y la falta de confianza en los medios y en las instituciones hace que los ciudadanos sean más susceptibles a creer en teorías de conspiración o en información manipulada.

En comparación con otras regiones, América Latina también se enfrenta a un entorno de inestabilidad política, de crisis económicas y de inseguridad recurrentes, lo que intensifica su impacto. Mientras que en Europa o Estados Unidos las instituciones pueden tener más herramientas e infraestructura en su legislación para contrarrestar la desinformación y una mayor confianza pública en los medios tradicionales, en América Latina las fragilidades institucionales permiten que las fake news tengan un impacto más desestabilizador.

Combatir la desinformación en América Latina requiere estrategias adaptadas a estos contextos específicos, que incluyan mejorar la alfabetización digital y fortalecer la confianza en los medios y las instituciones.

Las fake news tienen el potencial de agravar tensiones preexistentes dentro de las comunidades locales al fomentar el odio, la discriminación y el miedo. Cuando se difunde información falsa sobre grupos étnicos, religiosos o minorías, se puede provocar una respuesta violenta que termine en enfrentamientos entre comunidades.

Existen ejemplos de linchamientos de personas en India debido a falsos rumores difundidos por WhatsApp, donde se afirmaba que ciertos individuos estaban involucrados en secuestros de niños.

Además, en sociedades polarizadas, las fake news pueden convertirse en catalizadores de desobediencia civil y protestas violentas, al incitar a las masas a tomar medidas drásticas basadas en información incorrecta incluyendo sector privado, instituciones académicas, instituciones religiosas, organizaciones sin fines de lucro, e infraestructura crítica.

Es crucial entender que las redes sociales y otras plataformas digitales, aunque son compañías privadas cuyo objetivo inicial fue facilitar el acceso a la información y la comunicación instantánea a nivel global, también se han convertido en vehículos clave para la propagación de desinformación.

Lo que comenzó como un medio para conectar a las personas y democratizar el flujo de información ha evolucionado en un espacio donde los usuarios, de manera voluntaria o involuntaria, producen y comparten contenidos falsos o engañosos.

Este fenómeno ha generado serios desafíos para la seguridad pública, ya que la rápida difusión de desinformación puede incitar al pánico, desestabilizar comunidades y socavar la confianza en instituciones esenciales.

El diseño algorítmico de plataformas como Facebook, Twitter, YouTube y WhatsApp está diseñado para priorizar el contenido que genera más interacciones, ya sea a través de "me gusta", comentarios o compartidos.

Este enfoque hace que el contenido más emocional, sensacionalista o polémico obtenga mayor visibilidad, sin considerar necesariamente su veracidad. Como resultado, las noticias falsas y la desinformación, que suelen estar creadas para generar reacciones fuertes, se propagan mucho más rápido y a mayor escala que la información verificada y basada en hechos.

Esto presenta un reto significativo, ya que la difusión masiva de desinformación puede influir en la opinión pública de manera peligrosa, afectando la estabilidad social y la seguridad pública.

Un estudio realizado por el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) reveló que las noticias falsas tienen un 70% más de probabilidades de ser retuiteadas que las noticias verdaderas en Twitter. Esto se debe a que la desinformación suele ser más novedosa y apela a emociones intensas, como el miedo, la ira o el asombro, lo que impulsa a las personas a compartirla sin verificar su autenticidad.

Este fenómeno no solo distorsiona la percepción pública, sino que también puede desencadenar reacciones peligrosas que afecten la seguridad pública, como la desconfianza en las instituciones, el pánico colectivo o incluso la violencia entre comunidades, amplificando las consecuencias negativas de la desinformación.

Además, la falta de regulación y las políticas de moderación inconsistentes en las plataformas digitales han permitido que la desinformación prospere. En muchas ocasiones, las plataformas de redes sociales no logran diseñar algoritmos a la velocidad con la que los datos fluyen por el internet cuando ya ha alcanzado a miles o millones de personas.

Las políticas de moderación varían según las regiones y los idiomas, lo que deja vacíos significativos en ciertos contextos, como en América Latina o África, donde la desinformación no se aborda con la misma rapidez o rigor que en otras partes del mundo.

Los grupos cerrados y las cadenas de mensajes privados, especialmente en plataformas como WhatsApp y Telegram, plantean un reto adicional. Estos espacios limitados permiten la propagación masiva de desinformación sin supervisión adecuada, ya que los mensajes son encriptados y es difícil rastrear su origen o detener su difusión una vez que comienza.

Otro aspecto preocupante es la capacidad de las redes sociales para crear lo que se conoce como cámaras de eco. Los algoritmos tienden a mostrar a los usuarios contenidos que refuerzan sus creencias y opiniones preexistentes, lo que puede hacer que las personas queden atrapadas en burbujas informativas.

Estas burbujas facilitan la propagación de desinformación entre grupos afines, lo que amplifica las narrativas falsas y dificulta el acceso a información contrastada y objetiva.

Esta segmentación puede exacerbar la polarización social y política, creando divisiones que pueden derivar en conflictos violentos.

Uno de los principales desafíos que enfrentan los gobiernos en la lucha contra la desinformación es la falta de marcos regulatorios que logren un equilibrio entre combatir las noticias falsas y proteger la libertad de expresión.

En América Latina, muchos países aún no cuentan con legislación específica para regular el uso de redes sociales y plataformas digitales en la difusión de desinformación.

Además, las instituciones encargadas de garantizar la seguridad ciudadana se ven limitadas no solo por la escasez de recursos tecnológicos, sino también por la falta de personal capacitado en el manejo de herramientas digitales y la comprensión del factor humano detrás de la propagación de noticias falsas.

La capacitación de los funcionarios en estas áreas, así como la promoción de una mayor alfabetización digital entre la población, resulta clave para enfrentar este fenómeno.

Otro desafío es la cooperación limitada entre los sectores público y privado. Las empresas tecnológicas, que juegan un papel crucial en la propagación de desinformación, no siempre están dispuestas a colaborar con los gobiernos para controlar este fenómeno, ya sea por motivos comerciales o por temor a sobrepasar límites legales en cuanto a la privacidad de los usuarios.

Para protegerse de la desinformación, es crucial que los ciudadanos desarrollen habilidades de alfabetización mediática centradas en el factor humano, lo que implica ser más críticos y conscientes al consumir y compartir información.

Esto comienza con el hábito de verificar la información en múltiples fuentes antes de aceptarla como cierta o difundirla. Consultar medios confiables, utilizar herramientas de verificación de datos y recurrir a fuentes oficiales, sobre todo en situaciones de emergencia o crisis, es esencial para evitar caer en la trampa de la desinformación.

Es importante que los ciudadanos aprendan a identificar señales comunes de una noticia falsa, como titulares exagerados o sensacionalistas, falta de autoría clara o contenido diseñado para provocar reacciones emocionales intensas.

La educación en estas áreas puede ayudar a mitigar los efectos psicológicos y emocionales que hacen que las personas compartan información errónea sin pensar en las consecuencias.

Finalmente, fomentar una cultura de responsabilidad digital, donde los individuos comprendan el impacto de difundir datos no verificados, es clave para fortalecer la seguridad en el entorno digital.

En Europa, varias estrategias han demostrado ser efectivas para mitigar el impacto de la desinformación en la seguridad ciudadana, y muchas de ellas podrían adaptarse al contexto latinoamericano.

Una de las más destacadas es la colaboración entre gobiernos, medios de comunicación y plataformas digitales para crear sistemas de verificación de información en tiempo real. Por ejemplo, iniciativas como el European Digital Media Observatory (EDMO) han permitido establecer redes de verificadores de datos que trabajan junto a plataformas como Facebook y Twitter para identificar y desmentir noticias falsas rápidamente.

Otra estrategia clave ha sido la implementación de campañas educativas que promueven la alfabetización mediática, especialmente en las escuelas, para enseñar a los jóvenes a identificar desinformación y a comprender su impacto. Estas campañas se han extendido también a comunidades locales, ayudando a aumentar la conciencia pública sobre los riesgos de la manipulación informativa.

Para América Latina, estas estrategias podrían adaptarse a través de varios enfoques. En primer lugar, sería fundamental desarrollar programas de alfabetización digital y el fortalecimiento de leyes que regulen la desinformación y protejan la libertad de expresión sería crucial para asegurar un marco legal adecuado.

Finalmente, se podrían crear alianzas entre empresas tecnológicas y gobiernos locales para establecer sistemas de monitoreo y respuesta más efectivos, asegurando que las plataformas digitales también sean responsables en la lucha contra la desinformación.

Estas medidas también fomentarían una mayor conciencia pública y responsabilidad digital entre los ciudadanos.

Solo con un enfoque colectivo inteligente será posible contrarrestar el impacto de la desinformación y proteger la seguridad ciudad.

La colaboración entre los sectores público, privado y la sociedad civil es fundamental para combatir la desinformación y proteger la seguridad ciudadana en la era digital.

Esta cooperación puede manifestarse a través de varias estrategias clave: Políticas Claras, Herramientas Tecnológicas, Campañas de Concienciación, Fomento del Pensamiento Crítico, Alianzas y Redes, Monitoreo y Evaluación.

Esta colaboración multifacética puede generar una respuesta más eficaz ante la desinformación, garantizando así la seguridad ciudadana en un entorno digital en constante evolución.

Manual de Seguridad - Emblema

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